«Estoy muy incómodo. Parece como si hubiera perdido la ambición y ya no tengo ideas… Leo estas profundas discusiones, por ejemplo, en Partisan Review, sobre lo que es arte, lo que es literatura, y la buena vida y el liberalismo, y cuál es la postura de Rilke o Kafka, y la riña sobre el premio Bollinger a Ezra Pound, y todo me parece sin sentido. ¿A quién le importa? Demasiados hombres buenos han pasado demasiado tiempo muertos para que importe qué hace o no hace esta gente.»
Carta de Raymond Chandler a Jamie Hamilton, escrita el 17 de junio de 1949; en El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, Emecé, 2004; pgs. 149-150.
El pecado es la sustancia de la vida. El sentimiento de culpabilidad no es más que el conocimiento que el hombre adquiere de sí mismo.
El cristianismo no inventó la idea de pecado, sino la de perdón.
Lo monstruoso del cristianismo no es lo que exige del hombre, ni lo que niega a la naturaleza humana, ni siquiera la sumisión a que reduce la inteligencia, sino la maravillosa extravagancia de sus promesas. El cristianismo es el optimismo más desatado que el hombre conozca.
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pg. 449.
Releyendo estos pasajes, recuerdo el impacto que me produjo, a los 17 años, la lectura del San Manuel Bueno, mártir. Supongo que fue uno de los detonantes de mi primera crisis existencialista más o menos seria: ese sacerdote que sufría tanto porque le resultaba imposible creer en la resurrección de la carne.
En aquel momento, la situación de don Manuel me resultó terriblemente trágica.
Con el paso de los años, cuando yo mismo traté de ser un católico puro y duro, me di cuenta de que aquellas terribles dudas materialistas eran más propias de mis adolescentes 17 años que de los sesenta y muchos que tenía Unamuno cuando escribió su novela.
Pues cuanto mayor me hacía, cuanto más sabía de la vida y cuanto más conocía la fe que trataba de encarnar, mejor comprendía que la clave de todo estaba en el perdón.
Y a mí lo que más me costaba era creer en el perdón.
A estas alturas de mi vida, he llegado a la conclusión de que el perdón no es un acto. Uno puede voluntariamente decirle a alguien que le ha perdonado. Puede decir las palabras: te perdono. Pero sabe perfectamente si su corazón ha perdonado de verdad o no lo ha hecho.
Más que un acto, el perdón es algo que nos sucede: de repente, un día, comprendemos que hemos perdonado a otra persona. Lo sabemos porque ya no escuchamos el odio dentro de nosotros. Ya no hay ese ruido insoportable en nuestra alma cuando pensamos en esa persona.
Pero no creo que eso sea algo que se decida. Uno puede rezar, pedirle a Dios que llegue a ocurrir. Pero uno no decide cuándo perdona.
Y es una pena, porque perdonar a voluntad sería un superpoder que nos evitaría muchísimas tristezas, amarguras y pérdidas de tiempo.
Porque sí, perdonar es muy bueno. Por eso es un regalo de Dios.
De un Dios maravillosamente extravagante que dice ser amor.
A Gift of Forgiveness, de J. Kirk Richards (c. 2019).
Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior.
Catulo
¿A quién crees que entiendes? Si crees que a alguien, te engañas a ti misma. Yo amo a mucha gente, no entiendo a nadie.
Flannery O’Connor
Son las calles aún zarzales que rasgan con recuerdos piel y ojos. Las mismas calles en las que ha de ser criada una niña, cuidados los amigos, buscada la esperanza. Las mismas calles por las que intento dirigirme hacia un combate que valga la pena.
La maleza se extendió desde la casa abandonada en el acantilado. En ella sólo habita ya un halcón monstruoso cuyas garras de presa nada saben de jardinería. Lo alimento con mi carne y trato de descubrir si es ave migratoria o ha venido para quedarse. De vez en cuando contemplo sus vuelos salvajes sobre el océano, como si quisiera cruzarlo en un solo viaje; enseguida regresa, agotado, hablando lenguas extrañas (graznidos de urraca, creo).
Cuando el viento lo permite, suelo sentarme a rezar incoherencias. No sé exactamente qué pedirle a Dios: quizá llegar a entender cómo fue posible no ver ya el mar desde tus labios.
La eternidad ha de ser intuida en las fugaces circunstancias del momento.
Como sólo puede ser objeto de intuición, encarnarla ha de ser necesariamente apuesta. La cual, en no pocas ocasiones, apenas tenemos tiempo para decidir.
Así las cosas, a nadie ha de extrañar que el error sea la morada humana habitual.
Y esos misteriosos momentos en los que el error no sucede ni siquiera nos pertenecen: son pinceladas de Dios.
Pero incluso esto, saber que nos entregamos bien en nuestras efímeras apuestas, no suele ser un conocimiento inmediato.
«Ahora he llegado a un momento donde pienso cada vez más en la presentación del amor y la caridad, o mejor llámalo gracia, pues el amor sugiere ternura, mientras que la gracia puede ser violenta, o tendría que serlo para competir con el tipo de mal que puedo reflejar de manera concreta. Al mismo tiempo continúo viendo a Elías en esa cueva, esperando escuchar la voz del Señor en el trueno, el relámpago y el viento, y finalmente escuchándola en la suave brisa. Siento que más pronto o más tarde tendré que ser capaz de hacer eso, o por lo menos seguiré intentándolo…»
Carta escrita por Flannery O’Connor a Andrew Lytle el 4 de febrero de 1960; en El hábito de ser, Sígueme, 2004; pg. 289.
«Las únicas cosas importantes son las que no dependen de nosotros. Lo que nos es dado gratuitamente, y gratuitamente quitado, tan sólo, vale la pena. Lo demás, aquello que está en nuestro poder, no merece un momento de atención. Genio, belleza, felicidad: la porción de nuestras vidas sometida a nuestra voluntad sólo sirve para preparar a recibir noblemente esos dones. Tan sólo podemos adornar la estancia donde, quizá, algún dios caprichoso more unos instantes.»
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pg. 398.
Es un soneto, señor Stoner, dijo Sloane con sequedad, una composición poética de catorce versos, que sigue ciertas pautas que estoy seguro habrá usted memorizado. Está escrito en lengua inglesa, la cual, según creo, llevará usted varios años hablando. Su autor es William Shakespeare, un poeta que está muerto, pero que a pesar de ello ocupa una posición de cierta importancia en las mentes de algunos. Miró a Stoner durante un momento más y entonces se le pusieron los ojos en blanco, mientras los fijaba ciegamente en algún lugar más allá de la clase. Sin mirar el libro recitó el poema de nuevo y su voz se hizo más profunda y suave, como si las palabras, sonidos y ritmos se hubieran convertido por un instante en él mismo:
En aquella época del año puedes contemplar en mí, cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan de esas ramas que se agitan frente al frío, desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros. En mí ves el ocaso de aquel día después de que la puesta de sol se funda en poniente; por la negra noche arrebatada, la otra cara de la Muerte, que condena al descanso. En mí ves el resplandor de aquel fuego, el que sobre las cenizas de su juventud yace, como el lecho de muerte en que ha de expirar, consumido por aquello que le alimentaba. Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte, amar bien aquello que debes abandonar pronto.
En aquel momento de silencio alguien se aclaró la garganta. Sloane repitió los versos, su voz se hizo plana, volvía a ser su voz.
Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte, amar bien aquello que debes abandonar pronto.
Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente: El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?
William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo el aliento. Lo expulsó suavemente, dándose cuenta de que la ropa se movía sobre su cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones. Desvió la vista de Sloane hacia otro punto de la sala. La luz penetraba por las ventanas y se posaba sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parecía venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad; un alumno pestañeó y una sombra delgada cayó sobre una mejilla cuya parte inferior había recogido la luz del sol. Stoner advirtió que sus dedos se estaban soltando de su firme agarre al escritorio. Se fijó en sus manos, maravillándose de lo morenas que estaban, de la intrincada manera en que las uñas se adaptaban al romo final de los dedos. Pensó que podía sentir la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas y arterias, pulsando delicada y precariamente desde las yemas de los dedos a través de su cuerpo.
Sloane volvió a hablar: ¿Qué le comunica, señor Stoner? ¿Qué quier decir el soneto?
Los ojos de Stoner se elevaron lentamente y sin convicción. Quiere decir, dijo, y con un pequeño movimiento elevó las manos en el aire. Sentía su mirada ausente mientras buscaba la figura de Archer Sloane. Quiere decir, dijo de nuevo, y no pudo terminar lo que había empezado.
Sloane le miró con curiosidad. Después movió la cabeza bruscamente y dijo: La clase ha terminado. Sin mirar a nadie se dio media vuelta y salió del aula.
William Stoner era apenas consciente de los alumnos que a su alrededor se levantaban de sus asientos gruñendo y refunfuñando y salían renqueando de clase. Durante algunos minutos después de que se hubieran ido permaneció sentado sin moverse, absorto en el suelo de estrechos tablones que habían ido perdiendo barniz a causa de las incesantes pisadas de estudiantes que nunca vería ni conocería. Deslizó su propio pie por el suelo, escuchando el seco chirrido de la madera en sus suelas y sintiendo la aspereza a través del cuero. Después él también se levantó y salió despacio de la clase.
El leve frescor de los últimos días de otoño penetraba a través de su ropa. Miró a su alrededor, a las desnudas ramas nudosas que se rizaban y retorcían frente al cielo despejado. Topaban con él estudiantes corriendo hacia sus clases; oía el murmullo de sus voces y el sonido de sus tacones sobre los caminos empedrados, y veía sus rostros encendidos por el frío, inclinados frente a la suave brisa. Les miraba con curiosidad, como si no les hubiera visto antes y se sentía muy distante y, a la vez, muy cerca de ellos. Retuvo el sentimiento mientras se apresuraba hacia su siguiente clase, y lo retuvo durante la lección de su profesor de química de suelos, contra el zumbido que dictaba cosas para ser escritas en cuadernos y recordadas mediante un arduo proceso que en esos momentos ni siquiera le resultaba familiar.
En el segundo semestre de aquel curso William Stoner abandonó las asignaturas de ciencias e interrumpió sus estudios en la Facultad de Agricultura. Asistió a cursos de introducción a la filosofía y a la historia antigua y a dos asignaturas de literatura inglesa. En verano regresó de nuevo a la granja de sus padres, ayudó a su padre con la cosecha y no mencionó su trabajo en la universidad.»
Stoner, de John Williams; Baile del Sol, 2014; pgs. 16-19.
«Pero la extraña condición del sueño es que el que sueña carece de poder. Aunque a menudo da la sensación de que posee tremendas habilidades, facultades inconcebibles en la vigilia, si el soñador examinara su mente que sueña, explorara el mundo de su sueño, sabría que el único poder que tiene es el que conviene al sueño, el estado en el que existe. Es el instrumento de un oscuro embaucador, un pequeño bromista sombrío que crea mundos dentro del mundo, vidas dentro de la vida, cerebros dentro del cerebro. Todo su poder ilusorio proviene de este alegre guionista cuyo capricho es conceder algo y quitarlo.»
Sólo la noche, de John Williams; Baile del Sol, 2022; pg. 9.
«Comprender súbitamente lo que nos era cerrado con siete sellos es una sensación deliciosa. Pero siempre me asusta la evidencia de esa nueva verdad, hoy obvia, palpable, luminosa, cuando pienso que todo lo que hoy no comprendo, que todo lo que hoy ni siquiera conozco, encierra verdades igualmente obvias y claras, igualmente palpables, igualmente luminosas.
Es terrible pensar que muchas de nuestras llamadas verdades no existen sino porque somos incapaces de aquellas verdades que tal vez las refutan.
Toda verdad, sin embargo, posee su propia luz y es irrefutable dentro de su propio recinto. Temamos sólo prolongar una verdad más allá de ella misma.»
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pg. 381.
«Todas las mañanas decidía que ya había aguantado lo suficiente y que no volvería a casa por la noche, pero todas las noches volvía.
[…]
-Es él -dijo Parker. -¿Quién es él? -¡Dios! -gritó Parker. -¿Dios? ¡Dios no es así! -¿Cómo sabes cómo es Dios? -se quejó Parker-. Tú no lo has visto nunca. -Él no tiene apariencia -dijo Sarah Ruth-. Es espíritu. Ningún hombre verá su cara. -Escucha -gruñó Parker-. Este es un dibujo de Dios. -¡Idolatría! -gritó Sarah Ruth-. ¡Idolatría! ¡Te dejas llevar por los ídolos en cualquier lugar! Yo soporto mentiras y vanidad, ¡pero no quiero ningún idólatra en esta casa! Y cogió la escoba y empezó a golpearle los hombros con ella. Parker estaba demasiado aturdido para oponer resistencia. Se sentó allí y dejó que le pegara hasta que casi lo dejó sin sentido. Se formaron grandes heridas en la cara tatuada de Cristo. Luego se levantó tambaleándose y fue hacia la puerta.»
La espalda de Parker, de Flannery O’Connor; en El negro artificial y otros escritos, Encuentro, 2019; pgs. 231, 248.