«El valor no es pálida promesa, sino realización en la impura materia. El valor no es la impureza acendrada, sino la impureza asumida. El valor no es amor de una cualidad eximia, sino amor de una persona concreta. El valor no es una idea pictórica, ni una inspiración poética, sino un cuadro pintado, una configuración verbal. El valor no es decálogo enumerativo, sino vida justa. El valor no es postración resonante, sino santidad obediente. El valor no es fórmula, sino obra.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 102.
Vi el original de este cuadro en el extranjero y no pude olvidarlo.
El idiota, de Fiódor Dostoyevski; Penguin, 2017; pg. 315.
El cuerpo de Cristo en la tumba, de Hans Holbein el Joven (1521-1522).
«El deseo de muerte, la desaparación física como vehículo para llegar a un estado superior, la tan moderna y barroca necesidad de disolución y de exclusión de la realidad, el aislamiento, el malestar, asaltan una obra que se traslada a las partituras bachianas de un modo insistente, como en la fúnebre Cantata BWV 157, Ich lasse dich nicht, du segnest mich denn, en la cual se manifiesta el ansia de yacer en el ataúd y tener entre los brazos al Hijo de Dios. Acercarse a su partitura, escucharla, es detenerse ante el Cristo muerto de Holbein y meditar la condición del ser como lo hizo Dostoievski ante ese mismo lienzo en Basilea. Nunca el escritor ruso habló de fracaso con tanta propiedad como cuando trasladó esta experiencia a las páginas de El idiota. Es el hombre que mira un espejo y ve la eternidad demasiado humana como para vencer el tiempo. Parece que en ésta y en muchas otras obras la única vía abierta por Bach es asimilar la nada, y desde esa convicción sentirse impulsado a crear espacios de sentido, aquí, en el mundo que espera dejar de ser mundo.»
Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés; Acantilado, 2005; pg. 218.
Para usted no significa nada sacrificar la vida (la propia o la ajena). Usted es el hombre que necesitamos; y yo, en particular, necesito a un hombre como usted. No conozco a otro más que a usted. Usted es mi caudillo, usted es mi sol y yo soy su gusano…
Los demonios, de Fiódor Dostoyevski; Alianza, 2003, volumen 2; pg. 521.
«La democracia colectivista y despótica somete las voluntades apóstatas a la dirección autocrática de cualquier nación, clase social, partido, o individuo, que encarne la voluntad recta. Para la democracia colectivista y despótica, la realización del propósito democrático prima sobre toda consideración cualquiera. Todo es lícito para fundar una igualdad real que permita una libertad auténtica, donde la soberanía del hombre se corona con la posesión del universo. Las fuerzas sociales deben ser encauzadas, con decisión inquebrantable, hacia la meta apocalíptica, barriendo a quien estorbe, liquidando a quien resista. La confianza en su propósito corrompe al demócrata autoritario, que esclaviza en nombre de la libertad, y espera el advenimiento de un dios en el envilecimiento del hombre.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 72.
Vladimir Lenin en Smolny, de Isaak Brodsky (1930).
«El compositor siempre se amparó en su capacidad de trabajo para soportar los sinsabores, y lo hacía con una música que le permitía recomponer el silencio y su idea de Dios. No es casual que a los pocos meses de la desaparición de Maria Barbara decidiera optar por un puesto de organista en Hamburgo, lo cual suponía un trabajo añadido a las obligaciones de Cöthen, o que finalizara y pasara a limpio los Six Concerts / Avec plusieurs Instruments / Dediées / A Son Altesse Royalle / Monseigneur / CRETIEN LOUIS / Marggraf de Brandenbourg / par / Son tres-humble et tres obeissant Serviteur / Jean Sebastian Bach, tarea que había terminado en marzo de 1721. Con estos Six Concerts, bautizados por Spitta como Conciertos de Brandeburgo, quizá se postulaba strategicamente como candidato para un posible cargo en la capilla musical berlinesa. Deseaba alejarse de Cöthen, dejar atrás la ausente presencia de la difunta esposa. Esta actividad sin tregua es un rasgo inherente ala personalidad de Bach.»
Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés; Acantilado, 2005; pg. 71.
-¿Realmente lo pintó un campesino? -insistió Anabel.
Jorge apoyó los codos en la mesa y fijó la vista en los racimos.
-El autor se llamaba Juan Fernández, un castellano o extremeño de la primera mitad del siglo XVII. Apenas sabemos nada de él. Una de las pocas cosas que conocemos es su apodo: «el Labrador». Vivía alejado de los grandes centros culturales de la época, pero sus cuadros eran comprados por reyes. Los temas que trataba eran casi exclusivamente uvas y flores.
-¿Dónde vivía, exactamente?
-No se sabe. Parece ser que solía ir a Madrid, sólo en Semana Santa. No parecía tener demasiado interés en medrar en los círculos de la corte.
-Lejos de la gran ciudad, como tú -dijo Anabel.
Jorge sonrió. Seguía con la mirada fija en el cuadro.
-¿Por eso te gusta tanto? -preguntó Anabel- ¿Por la historia oculta del autor?
Jorge hizo un gesto, dando a entender que era una razón posible.
-No sé, supongo que todo él representa para mí lo que en la vida hay de… sagrado.
-¿Sagrado? -preguntó Anabel- ¿Por qué sagrado?…»
[De una novela que hace años intenté escribir, pero no terminé, pero ahí quedó, y de vez en cuando vuelve, con sus cosillas, que algunas me hacen gracia, otras no tanto, y otras ya dan igual]
Bodegón con cuatro racimos de uvas, de Juan Fernández El Labrador (c. 1636).
«Para que el hombre sea dios, es forzoso atribuirle la voluntad como esencia, reconocer en la voluntad el principio, y la materia misma de su ser. La voluntad esencial, en efecto, es suficiencia pura. La voluntad esencial es atributo tautológico de la autonomía absoluta. Si la esencia de un ser no es su voluntad, el ser no es causa de sí mismo, sino efecto del ser que determina su esencia. Si la esencia humana excede la voluntad del hombre, ese excedente lo sujeta a una voluntad externa.
[…]
Si placer y dolor ya muestran una independencia inquietante; ¿qué subsiste de nuestra divinidad proclamada, si la verdad nos ata a una naturaleza de las cosas, si el bien obliga como un llamamiento irresistible, si la belleza existe en la pulpa del objeto? Si el hombre no es el supremo hacedor de los valores, el hombre es un viajero taciturno entre misterios, el hombre atraviesa los dominios de un incógnito monarca.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 64-65, 68.
No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas, y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.
Soneto a Cristo crucificado, anónimo castellano de finales del siglo XVI, publicado por primera vez en 1628.
«Bien, a que sólo obedecemos porque una irresistible exigencia nos subyuga. Bien que impera sobre la rebeldía de nuestro ser; y desprovisto de amenazas, carente de sanciones, inerme y soberano, erige en la intimidad de la conciencia una obligación absoluta que ordena sin promesas y exige sin premios. Bien que las necesidades de vivir no explican, porque entorpece la vida; y que la sociedad no construye, porque ninguna soledad nos exime de acatarlo.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 51.
Detalle del Cristo crucificado, de Velázquez (c. 1632).
«And now at last it comes. You will give me the Ring freely! In place of the Dark Lord you will set up a Queen. And I shall not be dark, but beautiful and terrible as the Morning and the Night! Fair as the Sea and the Sun and the Snow upon the Mountain! Dreadful as the Storm and the Lightning! Stronger than the foundations of the earth. All shall love me and despair!
She lifted up her hand and from the ring that she wore there issued a great light that illumined her alone and left all else dark. She stood before Frodo seeming now tall beyond measurement, and beautiful beyond enduring, terrible and worshipful. Then she let her hand fall, and the light faded, and suddenly she laughed again, and lo! she was shrunken: a slender elf-woman, clad in simple white, whose gentle voice was soft and sad.
I pass the test, she said. I will diminish, and go into the West, and remain Galadriel.«
The Lord of the Rings, de J. R. R. Tolkien; Harper Collins, 2007; pgs. 365-366.
Symphony in White, No. 1, de James McNeill Whistler (1861-1863).
«Todos los que apelan a una condición natural del hombre, para acusar la condición positiva que la encubre y disimula, se sublevan contra la tenacidad irritante de nuestra miseria.
Arrebatados por el noble empeño de restituir al hombre su dignidad perdida, la tosca realidad cotidiana los ofende y el insolente desdén de la existencia los humilla. Ávidos de promesas y de augurios, su vehemencia infringe las quietas leyes de la vida. El suelo en que se apoyan les parece el perverso estorbo de sus sueños. El delirio de una perfección absoluta y terrestre los empuja a irascibles rebeldías. La ambigüedad irreverente de la vida desata la ferocidad de su corazón pueril y compasivo. Incapaces de proceder con desconfianza precavida, con irónica paciencia, consideran la corrupción del mundo intolerable y fortuita. Afanosos, así, de transformarlo para devolverle su hipotético esplendor primero, sólo consiguen derrumbar el frágil edificio que la paciencia sometida de otros hombres labró algún día en la estéril substancia de la condición humana.
A los hombres que destruyen impelidos por el ciego afán de crear, otros hombres oponen la compasión y el desprecio de un pesimismo viril. Éstos son los hombres cuya conciencia acepta su condición humana, y que acatan, orgullosos y duros, las innaturales exigencias de la vida. Estos hombres comprenden que la enfermedad de la condición humana es la condición humana misma, y que por lo tanto sólo pueden anhelar la mayor perfección compatible con la viciada esencia del universo. Una inquieta ironía conduce sus pasos cautelosos a través de la torpe y áspera suficiencia del mundo.
Como nada esperan de la indiferencia de las cosas, la más leve delicia conmueve su corazón agradecido. Como no confían en la espontánea y blanda bondad del universo, la fragilidad de lo bello, la endeblez de lo grande, la fugacidad atroz de todo esplendor terrestre, despiertan en sus almas el respeto más atento, la reverencia más solemne.
Toda la astucia de su inteligencia, toda la austera agudeza de su espíritu, apenas bastan para ensayar de proteger y de salvar las semillas esparcidas.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 39-40.