Para que todos esos otros sean personas verdaderas, hay que desaparecer. Hacerse hueco en el que quepan todas las psicologías, lógica distinta en la que se defiendan todas las tesis, acontecimientos donde tengan causa y razón de ser todas las formas de vida.
Hay que desaparecer. Ser nada para ser todos. Comprenderlos a todos. Discutir con todos. Amarlos a todos. Maltratarlos a todos. No dejar ni uno vivo, si fuere menester.
Hay que desaparecer. A toda costa. No ser yo, sino teatro. No ser individuo, sino mundo. No ser este presente inconcluso, sino trenzas de pasados y futuros tejiéndose como hélices desoxirribonucleicas, como versos de un cantar de ciego, como voces de una fuga.
Hay que desaparecer y ser lo que uno ya es: narración. Pero ajena. Exterior. Posesiva. Invadiéndome. Negándome. Multiplicándome.
Haciéndome pleno en la explosión de mi yo.
Hay que matarse para dar vida. Hay que desaparecer.
Y transformarse en hojas de papel, en pantallas electrónicas, en algo compartible en internet.
Hay que morir y ser.
Hay que desaparecer.
[Entrada publicada en La Bastida Errante el lunes 19 de agosto de 2024.]
«El mar parece como si dijese: deja tus pasos libres por el aire, fomenta las mermadas golondrinas en los resquicios de tu carne rota.»
Del poema Mar, de Luz Pozo Garza; entrada publicada en La Bastida Errante el jueves 6 de junio de 2024 (dos días antes del primer encuentro), acompañada del siguiente mensaje: lo mío que sólo tú me descubres.
«-Buenos días -dijo el principito. -Buenos días -dijo el mercader. Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber. -¿Por qué vendes eso? -dijo el principito. -Es una gran economía de tiempo -dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana. -¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos? -Se hace lo que se quiere… Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…«
Capítulo XXIII de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry; Salamandra, 2015; pg. 51.
Son las historias -los mitos- los que nos hacen creer en la posibilidad de que existan hombres buenos y bellos. Son las narraciones apasionadas de los que ya llevan unos cuantos años en el teatro del mundo, las que hacen contener el aliento a los niños. Quizá haya mil maneras de hacer contener el aliento a un niño; pero no creo que se le pueda hacer contener el aliento de cualquier manera.
El misterio del ser humano reside en aquellas historias que, no se sabe muy bien por qué, nos hacen contener el aliento.
Desde Platón sabemos que, en el fondo, se trata de saber contar los mejores cuentos. Pero también sobre esto hay opiniones: algunos creen que las mejores historias son aquellas tan exactas como el teorema de Pitágoras; otros creen que lo son las que nos devuelven a nuestros orígenes animales. ¿Qué es la filosofía? Una duda literaria.
Quizá el error se encuentre en creer que sólo se trata de escribir buenos guiones, de narrar bellas historias a la luz de la hoguera.
Se trata de encarnar la historia inventada. Se trata de interpretar el papel que consideramos más bello.
Algunos tratados que hablan del descubrimiento de América se refieren a tal hecho como la invención de América. Muy adecuada la ambigüedad, porque América no existía antes de la llegada de los españoles: existía un doble continente poblado por varias civilizaciones humanas. América la descubrieron los españoles en el proceso de inventarla. La invención de América es la llegada a América: y llegar a América no consistía en el simple viaje en barco, sino en un viaje espiritual. Para inventar América, los hombres y mujeres del nuevo continente debían escuchar otras historias distintas a las que siempre habían escuchado. La invención de América no se produjo el 12 de octubre de 1942: la invención de América fue un proceso largo, repleto de narraciones, de historias contadas y de historias acalladas. De viejas historias que empezaban a ser contadas de un modo distinto, nuevo.
Los mitos, las viejas historias repetidas una y otra vez, son estrellas que los nuevos hombres y mujeres pueden seguir, para tener una dirección; pero el camino que tracen con sus propias vidas será único. Son los mitos los que nos ofrecen máscaras, papeles que interpretar. Algunos no querrían algo tan tosco como una máscara de teatro, algunos querrían interpretar el papel único, el que sutura el espacio, el que sella el vacío del abismo: el que tal cosa hace, no entiende al hombre. El papel único es lo mismo que el no papel. El papel universal es la nada absoluta. La vida humana florece en el intersticio de materia y forma, de cuerpo y espíritu: en el momento en que el hombre se pone una máscara determinada.
En las bodas del Cuerpo y el Alma, siendo ella eterna y siendo él mortal, sólo un hijo que es de ambos, la Vida, es quien los tiene, forzados, en paz.
La filosofía reflexiona sobre las diversas máscaras, sobre el propio hecho de la máscara, sobre el abismo que separa los dos acantilados. La filosofía se sitúa ante la desconocida raíz común. Eso es lo que puede hacer la filosofía: confirmarnos la quiebra de nuestro ser. Nos puede ayudar, con sus conocimientos acumulados; pero, al final, la decisión es sólo nuestra. Nuestro acierto, nuestro error. Nuestra gloria, nuestro fracaso. En esta decisión, en ésa, en aquélla. Ayer, hoy, mañana. El hombre puede aprender, pero incluso su aprendizaje puede ser erróneo.
El mayor error es, quizá, querer vivir sin la responsabilidad de nuestros actos.
El camino trazado, posteriormente, quizá se convierta también en estrella celeste para los que vengan detrás. Son las historias las que nos hacen creer que han existido hombres de una calidad tal que, su misma existencia, sólo se puede explicar divinizándolos. En definitiva, son los mitos los que nos hacen creer que un Dios ha caminado por la tierra.
¿Entiendes tú también el hogar como posada? Reposo de caminantes, restauración de tareas. Y al calor del fuego invocar nuevos personajes: traer más voces al relato del mundo.
¿También tú deseas construir refugios desde donde contemplar el mar incluso en sus tormentas? Y ofrecer comida y bebida a los amigos sobre el acantilado, mientras los niños ensayan aventuras.
Cuidar de las sangres, llorar a los muertos, festejar con los vivos. Leernos los sentidos, escribirnos a la luz de las ventanas. Abrirlas en la mañana, para que el viento airee las habitaciones.
En definitiva, ¿son recios los muros de esta bastida? Y…
«Es oscuro el legado de quien no mira el mundo con amor. Nada tiene que ver con una falta de bondad o nobleza esa triste actitud: es tan sólo un estigma de los ojos. Y yo he visto a los hombres extraviarse en el sótano de su mirada ciega.
Su legado es oscuro y sin embargo encuentro en él la luz de una enseñanza: no es quererlo tan sólo lo más bello que un hombre puede hacer por su hijo; lo más bello es acaso, desoyendo el dictado de la angustia y del miedo, transmitirle esa fe que invencible se empeña en pagar de la vida la traición y el favor con igual gratitud.
Es un arduo trabajo amar el mundo, porque el mundo a menudo no se deja querer; por eso ahora te prometo, hijo, que la angustia y el miedo no sabrán someterme aunque instalen su lepra en mi conciencia y conviertan mi carne en su refugio, que encontraré el coraje con que seguir amando, cuando deje de amarme, la vida que te di, porque verte gozarla ha de alzar en mi exilio nuevamente aquel reino.
Aunque así lo parezca, la luz del mundo no nos pertenece, por eso yo quisiera no ensuciarla de rencor ni amargura, para intentar al fin ofrecértela limpia, como damos los hombres la alegría, nuestra única herencia verdadera.»
Santa deriva, de Vicente Gallego; Visor, 2003; pgs. 82-83.
El otoño parecía haber llegado también a Atenas. Lope observaba llover sobre los campos de la inmensa finca de Adonis, desde el amplio salón en el que se encontraban todos reunidos. Una bellísima esclava mulata de ojos verdes, que difícilmente alcanzaba los veinte años de edad, se acercó al gigante para ofrecerle bebida. Lope rehusó con un movimiento de cabeza y una fugaz sonrisa, devolviendo de forma casi instantánea la mirada a los campos empapados.
La muchacha se acercó entonces hasta el sofá donde se sentaban José e Iván, que conversaban con Peras. Los tres aceptaron la invitación y cogieron un vaso de la bandeja; Peras con una leve sonrisa, Iván tratando de no mirar demasiado fijamente a la joven, José mirándola con gozosa admiración; y la siguió mirando mientras la muchacha se alejaba de ellos, en dirección al sofá más cercano a la chimenea, donde hablaban, con rostro serio, Abraham, Thomas y Adonis. Ninguno de los tres quiso beber, así que la esclava se retiró del salón, bajo la atenta y tenaz mirada de José. Cuando ya resultó imposible seguir mirándola, José volvió a hacer caso a lo que Peras estaba diciendo.
-…así que, aunque reconozco que también me gusta leer buenas novelas (y algunas novelas, por supuesto, son de lectura obligatoria, incluso para un filósofo), yo creo que la abstracción propia del lenguaje filosófico es más… adecuada, para expresar la verdad. Por eso la filosofía puede ser sierva de la teología. Cosa que nunca se ha dicho de la literatura.
Iván se quedó callado, sopesando lo que acababa de oír. José hizo un gesto de burla, antes de darle un buen trago a su vaso.
-¿No está usted de acuerdo, don José? -preguntó Peras, que había visto su mueca.
-Dios santo, si me vuelves a llamar don José, me echaré a correr desnudo bajo la lluvia, exigiéndole al cielo a voz en grito que me parta un rayo… -respondió José-. Y no, no estoy de acuerdo. Como no lo está tu propia religión, cuyo fundamento es, precisamente, una novela. No otra cosa son los Evangelios. Así que no, la literatura no puede ser sierva de la teología, porque, de hecho, la teología es sierva de la literatura.
Iván sonrió al escuchar a José y miró a Peras, que no parecía tener respuesta a lo que acababa de oír.
-¿Está usted…? Perdón… ¿Estás diciendo que la religión es un puro cuento? -acertó a preguntar Peras, tras unos momentos de duda.
-No con tono peyorativo, aunque yo no crea en ese cuento como parecéis creer todos vosotros -respondió José-. Tú has dicho que el abstracto lenguaje filosófico es más adecuado para expresar verdades que la mera literatura. Yo lo que te digo es que no hay obra filosófica que se pueda acercar a quinientos estadios a la redonda de la potencia de verdad que puede albergar una buena obra literaria.
Peras no parecía demasiado convencido, así que José continuó.
-Tú puedes tratar de explicarle a alguien lo que es el bien y lo que es el mal, qué tiene que hacer, qué no tiene que hacer… que si tienes que obrar como si la máxima de tu voluntad pueda servir como ley universal y todas esas patochadas… Yo te reto a que compares cualquier definición filosófica de imperativos categóricos con la narración del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera -José se quedó callado un momento y bajó la mirada hasta la mano que sujetaba el vaso, reposada sobre el cojín del sofá-. Desde mi punto de vista, esa narración es literatura total. Y, por lo tanto, total verdad. Ese dios, que se agacha, aburrido del barullo inquisidor de los expertos en la ley, y se pone a escribir relajadamente en el suelo. Es el único momento de los Evangelios en que le vemos escribir. Pero no sabemos lo que ha escrito, no conocemos la literalidad de su respuesta. Ni siquiera podemos tener claro que sea una respuesta a los expertos en la ley. Quizá, simplemente, se está entreteniendo, ignorando el alboroto de esas personas tan doctas. Y al final, las palabras que dice… -la mirada de José se quedó fija en un punto invisible-. Y uno nota, uno sabe, como sabe que el sol está ahí cuando lo ve en medio del firmamento, que esas palabras son… otro sol; uno que existe en el mismo centro del universo, pero que nunca se apagará, así pasen todos los siglos del mundo. Con el majestuoso sosiego que sólo puede tener el que todo lo sabe, porque él mismo ha dictado las reglas del juego, aplasta con un susurro de verdad todo el vocerío de los leguleyos de la moral. Y, graciosamente despistado de lo que ocurre a su alrededor, se levanta sorprendido de que los amantes de los códigos penales hayan hecho caso de una ley cuyas palabras puede borrar el simple paso del viento, escrita como está en la humilde arena del suelo. Y le dice a la mujer, cara a cara, que lo vuelva a intentar otra vez, sin hacer trampas -José se llevó el vaso a la boca y le dio otro trago-. Sólo un dios puede escribir literatura de ese nivel. Y para escribir a ese nivel, los dioses saben que sólo la literatura funciona. Porque la abstracción de los conceptos, en su borrado de los rostros concretos e individuales que aman, sufren y pecan, es el principio de todas las mentiras.