«Si el día llega, cuando llegue el día, si el día llega para ti no esperes, hunde la débil nave en las orillas, como si nunca hubieras de volver, no esperes.
Porque nada regresa de la noche avanza con firmeza. Si encuentras luz hasta las heces bebe. Pero no esperes nunca, nunca esperes la madurez del fruto hasta muy tarde. Ahora débil pende, no vacile tu mano, débil pende. Lejos está el comienzo. No hay orillas, sólo un naciente olvido: el tiempo es breve, el límite es incierto, voraz el ancho reino de las sombras.»
Poema El día, de José Ángel Valente; formando parte de los Poemas a Lázaro, incluidos en Obra poética 1. Punto cero (1953-1976); Alianza, 2001; pg. 84.
Cerca de Fortunen. Parque de los ciervos de Jægersborg, al norte de Copenhague, de Vilhelm Hammershøi (1901).
Nuestros cuentos hablan de hombres que cruzan abismos, cuyos pasos son soportados por losas sutiles, pero firmes. Su caminar une orillas distantes. Los puentes, más o menos desvencijados, que pueblan los recovecos más escondidos de Europa, son útil recuerdo del valor de antaño; cuando había hombres dispuestos a desafiar las nieblas de la nada, sabedores de que el vacío sólo es un lugar donde no ha estado antes nadie. Nada más. Basta la presencia de un hombre cantarín para obligar a la nada a retirarse, nuevamente, más allá de los límites de letra y melodía. Ese primer hombre prepara la fogata alrededor de la cual se reunirán todos los que vayan llegando más tarde; escancia el vino, dispone las viandas, va cortando el pan. Se alegra de su propio coraje, pero su alegría necesita hacerse canción e inflamar los corazones de los compañeros.
Era cosa de especial contento cuando la osadía se saldaba con unos ligeros rasguños, nuevos detalles que añadir al relato tras el banquete. Pues el hacedor de puentes conoce perfectamente los riesgos de su vocación. Aunque hay cierta trampa en su aparente miedo a los fracasos: sabe que hay fallos que son causa de asombro y conversación para los hombres durante eones.
Y ese tipo de fracasos son los que ama con mayor celo el hacedor de puentes.
Porque la eternidad es una buena historia alrededor del fuego, en la ebriedad alegre de un vino parlanchín, las almas reunidas en el pasmo del argumento y las galaxias infinitas rodeando y prestando atención a los cuentos del hacedor de puentes.
Pero hay razones para un nuevo optimismo: se ha visto muy activos, últimamente, a los eremitas de los acantilados. Acechan el horizonte, canturrean entre dientes y tantean el abismo con sus pies. Se han cansado de esperar actores adecuados a sus guiones y se han decidido a interpretar los papeles que ellos han escrito. Y esa determinación supone transitar ya por el primero de los puentes. El más escondido. El más evidente.
[Escrito el miércoles 21 de noviembre de 2007; fue la primera entrada de la primera temporada de El sosiego acantilado, aventura iniciada hace casi ya doce años.]
«Ni las cumbres sublimes ni los ríos que no han sido ensuciados por los hombres; ni los palacios ni las blancas ruinas de los templos antiguos, ni los dioses de mármol o de bronce, iguales todos, ni la alada victoria ni un bugatti, y menos aún la música y la danza, con sus amanerados celebrantes: ninguna de esas cosas y de otras tan admiradas por los más sensibles y que tienen que ver con el buen gusto me proporciona una impresión profunda. Si acaso, los hangares en desuso, las estaciones fuera de servicio, el laberinto de las fundiciones, el brumoso extrarradio, un descampado en el que sólo puede comprenderse la perpleja tristeza de los hombres, y los ríos que arrastran su miseria, oscuros, majestuosos y solemnes, y las descomunales escombreras.»
Poema Preferencias, de Julio Martínez Mesanza; incluido en Soy en mayo [Antología 1982-2016], Renacimiento, 2017; pgs. 135-136.
«Sentándose frente a Murakami, Honda abrió su propia caja de bento lacada, extrayendo de ella la parte superior, que contenía pescado y legumbres. Como siempre, la inferior estaba húmeda y pegajosa por obra del vapor caliente que despedía el arroz colocado en el fondo, algunos de cuyos granos habíanse adherido a las agrietadas paredes de laca, que conservaban, sin embargo, su rojo original. Honda, a quien le disgustaba todo derroche, quitó los granos de arroz uno por uno y se los metió en la boca.
Tan escrupuloso ademán divirtió a Murakami.
-Has sido educado del mismo modo que yo -le dijo riendo-. De seguro, cada mañana debías inclinarte ante la estatuilla de bronce representando a un labrador y ofrecerle unos granos de arroz. El labrador estaba sentado sobre sus piernas y tenía sobre las rodillas una manta de paja de las que sirven en tiempo de lluvia. Sí, también yo. Y si durante las comidas dejaba caer un solo grano al suelo, debía recogerlo y metérmelo en la boca.
-El samurái llegó a comprender que comía sin trabajar -dijo Honda-. Los restos de aquella educación son persistentes. ¿Cómo están tus niños?»
Caballos desbocados, de Yukio Mishima; Alianza, 2005; pg. 26.
«Ya en el patio pasé un buen rato acariciando los húmedos ladrillos de Sarátov con las palmas de las manos. Allí todo estaba como tenía que ser y aún mejor. El patio de mi bisabuelo que yo nunca había visto ni me había descrito nadie era perfectamente reconocible, no cabía duda alguna: la empalizada de tablones con los arbustos como globos dorados, las paredes desiguales en las que se intercalaban los árboles y los ladrillos y una silla desfondada o algo semejante que había junto a la tapia sin motivo alguno para mí me parecieron algo propio y se tornaron inmediatamente en algo familiar. Aquí es, parecía decirme: vente con nosotros. Había un fuerte olor a gatos, pero las plantas del jardín olían con más fuerza aún y no había nada, absolutamente nada, que llevarse de allí a modo de recuerdo. Aunque maldita la falta que hacía llevarse un recuerdo de allí: de pie bajo aquellas ventanas pude recordar, alcancé a sentir de manera harto precisa, elevada y natural, lo que habíamos sentido allí, la manera en que habíamos vivido en aquella casa y por qué nos habíamos marchado de ella. Por decirlo lisa y llanamente, el patio me estrechó en un abrazo. Y después de hollarlo diez minutos más lo abandoné haciendo un profundo esfuerzo por asimilarlo: quería llevarme un cuadro, como quien arranca un espejo de su marco, y colocarlo en los rieles de mi memoria, la memoria con la que me sentaría a trabajar, con tanta fuerza que no se escapara a ningún lado y permaneciera allí bien anclado. Y eso hice. En el viaje de vuelta, mirando por la ventanilla del tren, seguí con la vista las refulgentes acequias, como zanjas que corrían a lo largo del camino, y durante un instante pude ver también un pequeño remolino de polvo que giraba sobre sí mismo en un cruce de caminos desierto.
Una semana más tarde recibí una llamada de mi colega de Sarátov. Apenado, me confesó que había confundido la dirección. Era la misma calle, sí, pero el número era otro. No sabes la vergüenza que siento, Masha, se disculpó conmigo.
Y eso es más o menos todo lo que sé de la memoria.»
En memoria de la memoria, de María Stepánova; Acantilado, 2022; pgs. 49-50.
El año 16 estaba acercándose a su ecuador y mi vida se acercaba a uno de sus puntos de inflexión. Sin yo saberlo.
2016, el año en que ocurrió todo.
Pero antes de que el destino que yo me había buscado viniera a jugar con mi nuca, nos dio tiempo a organizar un acto de homenaje a Nicolás Gómez Dávila.
Gracias a la aportación técnica y humana de Alejandro, a los conocimientos y bella capacidad expositiva de Fernando y al apoyo logístico del Padre Raúl, se logró dar a luz esta, creo, interesante conferencia sobre el sabio colombiano.
A punto de cumplirse una década de aquel momento, toca recordar con alegría, sin más, un bello día entre amigos.
Para que todos esos otros sean personas verdaderas, hay que desaparecer. Hacerse hueco en el que quepan todas las psicologías, lógica distinta en la que se defiendan todas las tesis, acontecimientos donde tengan causa y razón de ser todas las formas de vida.
Hay que desaparecer. Ser nada para ser todos. Comprenderlos a todos. Discutir con todos. Amarlos a todos. Maltratarlos a todos. No dejar ni uno vivo, si fuere menester.
Hay que desaparecer. A toda costa. No ser yo, sino teatro. No ser individuo, sino mundo. No ser este presente inconcluso, sino trenzas de pasados y futuros tejiéndose como hélices desoxirribonucleicas, como versos de un cantar de ciego, como voces de una fuga.
Hay que desaparecer y ser lo que uno ya es: narración. Pero ajena. Exterior. Posesiva. Invadiéndome. Negándome. Multiplicándome.
Haciéndome pleno en la explosión de mi yo.
Hay que matarse para dar vida. Hay que desaparecer.
Y transformarse en hojas de papel, en pantallas electrónicas, en algo compartible en internet.
Hay que morir y ser.
Hay que desaparecer.
[Entrada publicada en La Bastida Errante el lunes 19 de agosto de 2024.]