Para mí, sigue siendo uno de los párrafos más bellos jamás escritos.
«Mather mezcla a veces la austeridad de sus descripciones con imágenes llenas de afecto y de ternura. Tras haber hablado de una dama inglesa a la que el afán religioso había arrastrado con su marido a América y que pronto sucumbió a las fatigas y miserias del exilio, añade: En cuanto a su virtuoso marido, Isaac Johnson, intentó vivir sin ella, y no pudiendo, murió.»
La democracia en América, de Alexis de Tocqueville; Trotta, 2018; pg. 671.
En su humildad aristocrática, donde la nobleza demuestra realmente por qué lo es, el vizconde se pliega a ser mero mensajero de la belleza.
Evangelista de frases perfectas, nos ofrece lo que él mismo ha sentido como regalo: esa vida exquisitamente resumida en un puñado de palabras, que parecen definir plenamente a una persona en su auténtica y crucial importancia.
En esa capacidad para percibir y describir lo eterno de algo en un instante ciframos la belleza máxima.
Y la máxima virtud será entonces la capacidad de encarnar tales instantes y tornarlos vida vivida.

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