LOS ACANTILADOS RESPLANDECIERON POR ÚLTIMA VEZ (AVENTURERO Y DESGRACIADO)

«El navío hundía en las aguas su aguda proa. La blanca vela, hinchada, se deslizaba sobre el mar y los petreles giraban alrededor del mástil, abandonados a sus largas alas.

Las costas de las islas comenzaron a confundirse con el mar y ya solamente sobre las más altas cimas se posaba el sol. Los acantilados resplandecieron por última vez y la noche se adueñó, soberana color de violeta, del mar silencioso.

Sentado en la proa del navío, Ulises contemplaba las lentas estrellas, perdido en el cielo luminoso y puro. El griego mentiroso y sutil meditaba; sus pequeños ojos móviles acechaban las secas montañas de Ítaca, densas masas en las tinieblas de la noche.

Mas Ulises temía que los dioses fuesen favorables a sus ruegos y que le tocase de nuevo gobernar sus campesinos sucios y sus marineros hedientes a pescado y a sal marina.

¡Ah!, ¡divino boyero! ¡Cástor y Pólux!, qué fastidio regresar a este duro suelo, escuchar en las tardes el elogio de Ítaca, de sus mujeres y sus viñas. Ya mañana no seré sino el rey Ulises, nada; cuando hoy soy aún Ulises, aventurero y desgraciado, hombre que la felicidad huye, el que visita a los muertos y duerme con las diosas.

Sobre estas aguas traicioneras todo se puede esperar, la vida, la muerte y mil Ulises nuevos.»

Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pgs. 301-302.

Ulysses and the Sirens, de Herbert James Draper (1909).

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