Loca la cabeza con las últimas lecturas en las que me he aventurado, me digo que debo tratar de ver el Reino de Dios también en esta piscina pública (de gestión privada).
No me resulta fácil.
Mi presencia en este lugar, en este preciso momento de mi vida, me hace comprender hasta qué punto carece de relevancia mi voluntad. Por otro lado, no puedo negar el tremendo regalo que supone mi presencia aquí y no, por ejemplo, en una reunión matutina y finsemanal de Alcohólicos Anónimos.
Así que me dejo llevar por la simple disposición geométrica de las mesas sobre el césped y mi atención se ve proyectada un par de mesas más allá, hacia una familia con matriarca sordomuda, que me entretiene con su coreografía lingüística ejecutada en silencio.
Y me fijo en la joven mujer que atiende a sus sobrinos.
Que posee esa mirada de los pasados sin peso: mera colección de anécdotas hasta su plenitud actual.
Felicidad sencilla del que anhela suave.
Entrega y cuidado presentes en su efectivo repertorio de instintos.
Cuerpo curvado para la caricia y el abrazo.
Intento que su mirada tropiece con mi curiosidad, pero permanezco borroso paisaje y decorado de fondo.
Y entiendo que allí está: que, a pesar de todo, sigo creyendo en lo de siempre.
Que mis deseos siguen siendo los que siempre han sido, mil fracasos después.
Terribles caídas después.
Que sigo pensando que el Reino de Dios tiene que ver con esa familia que se cuida mutuamente,
a pesar de que la vida imponga silencio,
porque el amor siempre halla formas de transmitirse, cuando el amor es.
Y porque nunca dejaré de decir que la soledad es el auténtico fracaso en la vida,
también en esta piscina pública (de gestión privada),
donde hoy he podido contemplar nuevamente
mi Reino de Dios.

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