Vi el original de este cuadro en el extranjero y no pude olvidarlo.
El idiota, de Fiódor Dostoyevski; Penguin, 2017; pg. 315.

«El deseo de muerte, la desaparación física como vehículo para llegar a un estado superior, la tan moderna y barroca necesidad de disolución y de exclusión de la realidad, el aislamiento, el malestar, asaltan una obra que se traslada a las partituras bachianas de un modo insistente, como en la fúnebre Cantata BWV 157, Ich lasse dich nicht, du segnest mich denn, en la cual se manifiesta el ansia de yacer en el ataúd y tener entre los brazos al Hijo de Dios. Acercarse a su partitura, escucharla, es detenerse ante el Cristo muerto de Holbein y meditar la condición del ser como lo hizo Dostoievski ante ese mismo lienzo en Basilea. Nunca el escritor ruso habló de fracaso con tanta propiedad como cuando trasladó esta experiencia a las páginas de El idiota. Es el hombre que mira un espejo y ve la eternidad demasiado humana como para vencer el tiempo. Parece que en ésta y en muchas otras obras la única vía abierta por Bach es asimilar la nada, y desde esa convicción sentirse impulsado a crear espacios de sentido, aquí, en el mundo que espera dejar de ser mundo.»
Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés; Acantilado, 2005; pg. 218.
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