No hay vida inocente.
El pecado es la sustancia de la vida. El sentimiento de culpabilidad no es más que el conocimiento que el hombre adquiere de sí mismo.
El cristianismo no inventó la idea de pecado, sino la de perdón.
Lo monstruoso del cristianismo no es lo que exige del hombre, ni lo que niega a la naturaleza humana, ni siquiera la sumisión a que reduce la inteligencia, sino la maravillosa extravagancia de sus promesas.
El cristianismo es el optimismo más desatado que el hombre conozca.
Notas, de Nicolás Gómez Dávila; Villegas Editores, 2003; pg. 449.
Releyendo estos pasajes, recuerdo el impacto que me produjo, a los 17 años, la lectura del San Manuel Bueno, mártir. Supongo que fue uno de los detonantes de mi primera crisis existencialista más o menos seria: ese sacerdote que sufría tanto porque le resultaba imposible creer en la resurrección de la carne.
En aquel momento, la situación de don Manuel me resultó terriblemente trágica.
Con el paso de los años, cuando yo mismo traté de ser un católico puro y duro, me di cuenta de que aquellas terribles dudas materialistas eran más propias de mis adolescentes 17 años que de los sesenta y muchos que tenía Unamuno cuando escribió su novela.
Pues cuanto mayor me hacía, cuanto más sabía de la vida y cuanto más conocía la fe que trataba de encarnar, mejor comprendía que la clave de todo estaba en el perdón.
Y a mí lo que más me costaba era creer en el perdón.
A estas alturas de mi vida, he llegado a la conclusión de que el perdón no es un acto. Uno puede voluntariamente decirle a alguien que le ha perdonado. Puede decir las palabras: te perdono. Pero sabe perfectamente si su corazón ha perdonado de verdad o no lo ha hecho.
Más que un acto, el perdón es algo que nos sucede: de repente, un día, comprendemos que hemos perdonado a otra persona. Lo sabemos porque ya no escuchamos el odio dentro de nosotros. Ya no hay ese ruido insoportable en nuestra alma cuando pensamos en esa persona.
Pero no creo que eso sea algo que se decida. Uno puede rezar, pedirle a Dios que llegue a ocurrir. Pero uno no decide cuándo perdona.
Y es una pena, porque perdonar a voluntad sería un superpoder que nos evitaría muchísimas tristezas, amarguras y pérdidas de tiempo.
Porque sí, perdonar es muy bueno. Por eso es un regalo de Dios.
De un Dios maravillosamente extravagante que dice ser amor.

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