«Biblioteca, por la tarde. Buen avance con el Panksepp; hasta que ella se sentó en la silla de al lado. Aún no conozco su nombre. Se sentó donde siempre se sienta, a pesar de haber sitio de sobra, a pesar de tener que ponerse junto a mí. Lee a Kafka. De vez en cuando, la miro; pero ella no me hace caso. Es bella como un misterio. Seguramente es de primero. La mirada parece saber demasiado para la edad que tiene. Tenerla a mi lado es una tortura excesiva. Aún quedan veinte minutos para el descanso de Malpelo; y, seguramente, para que ella tenga que ir a alguna clase. El misterio… eso es lo que me atrapa. Deshacer el misterio quizá deshaga el encanto, el asombro, el aturdimiento. Quizá no. Quizá el misterio se agrande, devorándome. A veces, levanta la cabeza y deja que la mirada se le pierda en el horizonte poblado de libros de la biblioteca. Si me mirara alguna vez… podría perderme en la profundidad de su misterio, inquiriendo respuestas sin quererlas escuchar, perdidamente enamorado del misterio, queriendo que el misterio no muera nunca, quedando misterio para siempre y yo eternamente preguntando, deseando detener la experiencia demoníaca de esta intriga hermosísima. ¿Cuánto queda para que aparezca Malpelo? Poco, muy poco. Cada vez se despista más de la lectura; y yo le ruego telepáticamente que se dé la vuelta y me mire, para que me pueda perder en su belleza y para que ella entienda, sin yo decir nada, el derrumbe que provoca en mi existencia por el simple hecho de sentarse junto a mí, una tarde de lunes, en la biblioteca de la facultad de filosofía. ¿Lees? ¿Por qué te has sentado aquí? ¿Esperas que yo diga algo? ¿Se habrá dado cuenta ya de que no dejo de mirarla, de que no dejo de escribir sobre ella? Recoge los libros y se va, sin echarme una mínima mirada, engrandeciendo el misterio hasta el delirio. Supongo que Malpelo ya no tardará. Que Dios nos libre de la tentación.»
Escrito en mi diario el lunes 19 de febrero de 2007 (traducido del original gallego).

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