«Porque había una cosa en la que sí aventajaba a mis compañeros de destino arrojados de su patria y a los que se habían quedado en casa: no le tenía miedo a la vida, y entendía la mía de un modo literario. Sabía que no tenía sus riendas en mi mano, que otra cosa me vivía más allá de mí mismo. Por eso tampoco hacía esfuerzo alguno por alcanzar la zanahoria colgada del palo, que era de lo que se trataba después de 1945. Continué viviendo como si nada hubiese ocurrido, obedeciendo sólo a mi esencia, a mis caprichos, sin preocuparme de mi buena o mala fama. No tenía miedo a vivir y, por eso, me importaba muy poco la opinión que los demás tuvieran de mí. Que esa opinión fuera negativa se debía también, en buena parte, al hecho de que yo no me ocupaba del asunto. La envidia es una cualidad intrínseca de los alemanes.»
Tras mi rastro, de Gregor von Rezzori; De Conatus, 2026; pg. 315.

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