«…Anabel le volvió a mirar, aún sorprendida.
-¿Realmente lo pintó un campesino? -insistió Anabel.
Jorge apoyó los codos en la mesa y fijó la vista en los racimos.
-El autor se llamaba Juan Fernández, un castellano o extremeño de la primera mitad del siglo XVII. Apenas sabemos nada de él. Una de las pocas cosas que conocemos es su apodo: «el Labrador». Vivía alejado de los grandes centros culturales de la época, pero sus cuadros eran comprados por reyes. Los temas que trataba eran casi exclusivamente uvas y flores.
-¿Dónde vivía, exactamente?
-No se sabe. Parece ser que solía ir a Madrid, sólo en Semana Santa. No parecía tener demasiado interés en medrar en los círculos de la corte.
-Lejos de la gran ciudad, como tú -dijo Anabel.
Jorge sonrió. Seguía con la mirada fija en el cuadro.
-¿Por eso te gusta tanto? -preguntó Anabel- ¿Por la historia oculta del autor?
Jorge hizo un gesto, dando a entender que era una razón posible.
-No sé, supongo que todo él representa para mí lo que en la vida hay de… sagrado.
-¿Sagrado? -preguntó Anabel- ¿Por qué sagrado?…»
[De una novela que hace años intenté escribir, pero no terminé, pero ahí quedó, y de vez en cuando vuelve, con sus cosillas, que algunas me hacen gracia, otras no tanto, y otras ya dan igual]

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