«Para que el hombre sea dios, es forzoso atribuirle la voluntad como esencia, reconocer en la voluntad el principio, y la materia misma de su ser. La voluntad esencial, en efecto, es suficiencia pura. La voluntad esencial es atributo tautológico de la autonomía absoluta. Si la esencia de un ser no es su voluntad, el ser no es causa de sí mismo, sino efecto del ser que determina su esencia. Si la esencia humana excede la voluntad del hombre, ese excedente lo sujeta a una voluntad externa.
[…]
Si placer y dolor ya muestran una independencia inquietante; ¿qué subsiste de nuestra divinidad proclamada, si la verdad nos ata a una naturaleza de las cosas, si el bien obliga como un llamamiento irresistible, si la belleza existe en la pulpa del objeto? Si el hombre no es el supremo hacedor de los valores, el hombre es un viajero taciturno entre misterios, el hombre atraviesa los dominios de un incógnito monarca.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 64-65, 68.

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