La eternidad ha de ser intuida en las fugaces circunstancias del momento.
Como sólo puede ser objeto de intuición, encarnarla ha de ser necesariamente apuesta. La cual, en no pocas ocasiones, apenas tenemos tiempo para decidir.
Así las cosas, a nadie ha de extrañar que el error sea la morada humana habitual.
Y esos misteriosos momentos en los que el error no sucede ni siquiera nos pertenecen: son pinceladas de Dios.
Pero incluso esto, saber que nos entregamos bien en nuestras efímeras apuestas, no suele ser un conocimiento inmediato.
La eternidad es cuestión de tiempo.

Deja un comentario