«Todas las mañanas decidía que ya había aguantado lo suficiente y que no volvería a casa por la noche, pero todas las noches volvía.
[…]
-Es él -dijo Parker.
-¿Quién es él?
-¡Dios! -gritó Parker.
-¿Dios? ¡Dios no es así!
-¿Cómo sabes cómo es Dios? -se quejó Parker-. Tú no lo has visto nunca.
-Él no tiene apariencia -dijo Sarah Ruth-. Es espíritu. Ningún hombre verá su cara.
-Escucha -gruñó Parker-. Este es un dibujo de Dios.
-¡Idolatría! -gritó Sarah Ruth-. ¡Idolatría! ¡Te dejas llevar por los ídolos en cualquier lugar! Yo soporto mentiras y vanidad, ¡pero no quiero ningún idólatra en esta casa!
Y cogió la escoba y empezó a golpearle los hombros con ella.
Parker estaba demasiado aturdido para oponer resistencia. Se sentó allí y dejó que le pegara hasta que casi lo dejó sin sentido. Se formaron grandes heridas en la cara tatuada de Cristo. Luego se levantó tambaleándose y fue hacia la puerta.»
La espalda de Parker, de Flannery O’Connor; en El negro artificial y otros escritos, Encuentro, 2019; pgs. 231, 248.

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