«Estamos en tránsito: ello significa también que vamos hacia el pasado. Y vamos hacia un pasado total, totalmente, del todo. A unos cuarenta kilómetros de allí, a orillas del Sena, cerca de Notre-Dame-de-Gravenchon, había unos círculos de arena que un hombre nos había señalado con el dedo. El hombre aseguraba que se trataba de arenas movedizas. Los pies se hundían en ella enseguida y, a poco que el cuerpo se metiera más en aquel polvo inconsistente, los mismos esfuerzos encaminados a evitar el encenagamiento hundían aún más. Y nuestro amor se hundía más y más. Poco a poco, semejante a un agua que cesa de estar agitada, la superficie granulosa se cerraba sobre unos rostros y unos cuerpos ya invisibles. Y, a mis ojos, nuestro amor también se había vuelto invisible. El pasado, la muerte es esa arena movediza que nos engulle. La propia arena no es sino lo que queda de auténticas montañas desagregadas. Son recuerdos. Y eso es todo lo que soy, todo lo que hago, todo lo que escribo. Si cogemos un puñado de arena en la playa y entreabrimos un poco el puño, entre nuestros dedos pasa una montaña. Y susurra un acantilado.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pg. 117.

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