«Por la mañana, me quedaba absorto contemplando el valle, viendo cómo se levantaban el sol y la niebla, y cómo las formas inciertas, aún negruzcas, empezaban a desperezarse. Y aquella neblina, poco a poco penetrada por el sol, y como si estuviera hecha de granos o lágrimas, transformaba la apariencia de las cosas, de los árboles, de los arbustos, del cielo, de las casas y de las siluetas de un modo vivo y sorprendente. Algunas veces, era de una belleza inefable. El amor también tiene estas características, y haciendo memoria, reflexionando sobre ello, no consigo dilucidar quién transfigura a quién. Los primeros momentos del amor se parecen en cierto modo a esas nieblas que el sol penetra y que transforman la apariencia del mundo. Son milagrosos. Hacen desaparecer el pasado y el futuro.»
El salón de Wurtemberg, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2022; pg. 91.

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