«Lo esencial en el cielo y en la tierra es, aparentemente (para repetirlo una vez más), que haya una larga obediencia en la misma dirección; de ahí resulta, y siempre ha resultado a la larga, algo que ha hecho que la vida valga la pena de ser vivida; por ejemplo, la virtud, el arte, la música, la danza, la razón, la espiritualidad; cualquier cosa que sea transfigurante, refinada, insensata o divina. La larga esclavitud del espíritu, la desconfiada coacción en la comunicabilidad de las ideas, la disciplina que el pensador se imponía a sí mismo para pensar de acuerdo con las reglas de una iglesia o de un tribunal, o conforme a las premisas aristotélicas, la persistente voluntad espiritual de interpretar todo lo sucedido según un esquema cristiano, y en cada suceso redescubrir y justificar al Dios cristiano: toda esta violencia, arbitrariedad, severidad, espanto y sinrazón, ha demostrado ser el medio disciplinario por el cual el espíritu europeo ha alcanzado su fuerza, su curiosidad sin remordimientos y su sutil movilidad…»
Parágrafo 188 de Más allá del bien y del mal, de Friedrich Nietzsche.

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