«Pregonar el consuelo de la religión es gesto de feuerbachiano clandestino.
Dios no es substituto de placeres ausentes, de apetitos sofrenados, de codicias incumplidas. Dios es la presencia invisible que corona la plenitud terrestre más colmada, el éxtasis más alto de la dicha más alta, la hermosura en que florece la hermosura.
Dios no es compensación inane de la realidad perdida, sino el horizonte que circunda las cumbres de la realidad conquistada.»
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 191.

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