PLANET EARTH IS BLUE

La lectura del artículo de mi antiguo compañero de estudios, Santiago Gerchunoff, me plantea una serie de cuestiones que llevan ya un tiempo dando vueltas en mi cabeza.

Vivimos un momento histórico en el que se da la posibilidad real de que un texto escrito en casi cualquier idioma sea leído, de manera prácticamente instantánea, en cualquier lugar del mundo, con un coste mínimo. Resultando de una extrema dificultad que dicho texto sea eficazmente censurado por nada ni nadie.

Pero, ¿cuáles son las posibilidades reales de que tal texto tenga auténtico impacto en otros seres humanos? Porque la respuesta también depende de las condiciones impuestas por esos mismos medios y redes sociales que han democratizado la producción y comunicación de contenidos.

¿Cómo se hace influyente un texto? ¿Cómo llega realmente a ser leído por millones de personas? ¿Son la verdad y la belleza del texto los elementos que lo hacen realmente potente, los que le otorgan capacidad de influencia? ¿O también hay que tener en cuenta quién lo hace, quién lo comparte y los medios usados para ello?

¿Cuáles son las condiciones reales que determinan que un texto o un vídeo se vuelvan virales? ¿Cómo convencemos? ¿Cómo gustamos? ¿Cómo logramos ser retuiteados?

Además, ¿se puede medir la influencia? ¿Es una mera cuestión cuantitativa? Desde luego, la cantidad importa, eso es innegable. Sin embargo, creo que fue Bowie el que dijo que un disco puede vender millones de copias; pero algunos discos, vendiendo muchas menos copias, logran que más personas, al escucharlos, creen su propio grupo de música.

Es decir, la influencia tiene niveles. No es una mera cuestión cuantitativa, medible con likes y número de seguidores.

Y la cantidad, además, no es prueba definitiva de la verdad de lo exitoso.

En realidad, nunca hemos abandonado el ágora ateniense, donde Platón comprobaba día a día que la retórica más potente no tiene por qué estar al servicio de la verdad. Y que la verdad, en no pocas ocasiones, no logra armarse con la retórica necesaria para hacerse real y efectiva.

Pero además, la influencia real de algo no se mide en su número de lectores ocasionales, sino en la capacidad que tiene para modificar (o confirmar) la estructura de valores y la forma de vida de una persona concreta. Y el peso que dicha actuación personal diaria tenga en las comunidades e instituciones de las que tal persona forme parte.

El 17 de diciembre de 2010, el vendedor Mohamed Bouazizi se prendió fuego en Túnez en protesta por los abusos policiales y la confiscación de su puesto de venta ambulante. Catorce años después, Bashar al-Ásad huía de Siria. Pero lo que llegó al poder, igual que en Egipto, no fue una nueva generación democrática, como el Occidente virtual se había obstinado en creer, en base a esas docenas de blogueros árabes que leía con inocente fruición. Lo que llegó al poder fue el islamismo realmente existente, capaz no sólo de escribir y polemizar en internet, sino, sobre todo, de organizar partidos políticos y grupos armados. De morir y matar.

La militancia política, a pesar de lo que muchos puedan imaginar, sigue consistiendo en algo bastante más sacrificado y exigente que el mero compartir eslóganes en X o Instagram.

En cualquier caso, con respecto a la creación, me parece que es una buena época para aquel que sólo pretende regalar lo que hace, sin necesidad de ganarse la vida con ello. Sin necesidad de ser reconocido por ello.

Es una buena época para ser, simplemente, generoso.

Para buscar verdad y belleza, en la forma que cada uno pueda y sepa.

Y darlas sin medida.

Deja una respuesta


Descubre más desde EL SOSIEGO ACANTILADO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.