Y EXIGE SIN PREMIOS

No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas, y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Soneto a Cristo crucificado, anónimo castellano de finales del siglo XVI, publicado por primera vez en 1628.

«Bien, a que sólo obedecemos porque una irresistible exigencia nos subyuga. Bien que impera sobre la rebeldía de nuestro ser; y desprovisto de amenazas, carente de sanciones, inerme y soberano, erige en la intimidad de la conciencia una obligación absoluta que ordena sin promesas y exige sin premios. Bien que las necesidades de vivir no explican, porque entorpece la vida; y que la sociedad no construye, porque ninguna soledad nos exime de acatarlo.»

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 51.

Detalle del Cristo crucificado, de Velázquez (c. 1632).

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