«Aquella adorable sensación de su primer grito, que ha sido para mí lo que el primer rayo de sol fue para la tierra, volví a encontrarla al sentir mi leche llenándole la boca; volví a encontrarla al recibir su primera mirada, y acabo de volver a encontrarla al saborear en su primera sonrisa su primer pensamiento. Ha reído, querida. Esta risa, esta mirada, este mordisco y este grito, estos cuatro goces son infinitos: ¡llegan hasta el fondo del corazón, pulsando en él unas cuerdas que ellos sólo pueden pulsar! Los mundos deben de estar unidos a Dios como un hijo se adhiere a todas las fibras de su madre: Dios es un gran corazón de madre. No existe nada visible, ni perceptible en la concepción, ni aun en el embarazo; pero ser nodriza, Luisa mía, es una dicha constante. Se ve en lo que se convierte la leche, cómo se hace carne, cómo florece en las yemas de estos lindos dedos que parecen flores y que tienen su delicadeza, cómo crece en uñas finas y transparentes, cómo se ahíla en cabellos, y cómo se agita con los pies.»
Memorias de dos recién casadas, de Honoré de Balzac; incluida en el Volumen II de La Comedia humana; Hermida Editores, 2015; pg. 387.

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