HABER LLEVADO EL FUEGO

Insistía Gustavo Bueno en que pensar siempre es pensar contra alguien.

Y es que el mero decir ya implica una toma de postura. Una decisión que nos sitúa en el mundo de una determinada manera y no de otra.

No hay armonías humanas pacíficas. Pólemos es padre y rey de todas las cosas.

Y en nuestras tensiones nos descubrimos. Cuando nos desasosiega un verso concreto, de un poema en el que apreciamos potencia y verdad; cuando quisiéramos matizar una expresión o una palabra del mismo, nos sabemos incómodos. Y en nuestras incomodidades, nos conocemos.

Cuando Valente me dice que no son suficientes las palabras para hacernos más libres, yo le corregiría diciendo para hacernos mejores. Pues es eso lo que yo deseo, ser mejor hombre; y, para ello, a veces necesitaré librarme de ciertas cosas. Pero, en no pocas ocasiones, lo que necesitaré será atarme a ciertos seres.

Y cuando Valente me dice que un día el viento precipita las palabras sobre la tierra, para cambiar, no inútilmente, el mundo, yo le corregiría diciendo para cambiar, no inútilmente, este, ese, aquel momento. Pues la consciencia de los límites humanos no me hace desear combates mayores, tan por encima de nuestras capacidades.

Porque el mundo no cambia. Cambia nuestra forma de habitar en él.

Y aunque también podamos sentirnos conmovidos y espoleados al leer que haber llevado el fuego un solo instante razón nos da de la esperanza, lo cierto es que no todos esperamos lo mismo.

Y entre esas esperas distintas se pueden desatar infiernos mundiales.

Cherubim and a Flaming Sword, de J. Kirk Richards (2000)

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