UNA ENFERMEDAD EXTRAÑA

«-De este modo he llegado al mar. El mar. Él también acaba, como todo lo demás, pero veréis, aquí también ocurre en parte como con los crepúsculos, lo difícil es aislar la idea, o sea, resumir kilómetros y kilómetros de acantilados, orillas, playas, en una única imagen, en un concepto que sea el final del mar, algo que se pueda escribir en pocas líneas, que pueda estar en una enciclopedia, para que después la gente, al leerla, pueda comprender que el mar acaba, y cómo, independientemente de todo lo que pueda suceder a su alrededor, independientemente de…
-Bartleboom…
-¿Sí?
-Preguntadme por qué estoy aquí. Yo.
Silencio. Desazón.
-No os lo he preguntado, ¿verdad?
-Preguntádmelo ahora.
-¿Por qué estáis aquí, madame Deverià?
-Para curarme.
Nueva desazón, nuevo silencio. Bartleboom coge la taza, se la lleva a los labios. Vacía. Como si no hubiera dicho nada. Vuelve a dejarla.
-Curaros ¿de qué?
-Es una enfermedad extraña. Adulterio.
-¿Perdón?
-Adulterio, Bartleboom. Engañé a mi marido. Y mi marido cree que el clima del mar aplacará las pasiones, y la vista del mar estimulará el sentido ético, y la soledad del mar me inducirá a olvidar a mi amante.
-¿De verdad?
-De verdad ¿qué?
-¿De verdad habéis engañado a vuestro marido?
-Sí.
-¿Un poco más de té?»

Océano mar, de Alessandro Baricco; Anagrama, 2007; pg. 38.

Jeremy Lipking, trabajando.

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