La sabiduría más presuntuosa se avergüenza ante el alma ebria de amor o de odio.
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 134.
«Hay que estar siempre ebrio. Ahí está todo: esa es la única cuestión. Para no sentir el peso horrible del Tiempo, que os rompe la espalda y os dobla hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua.
¿Pero de qué? De vino, de poesía o de virtud, como deseéis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio, en la verde hierba de una zanja, en la soledad triste de vuestro cuarto, os despertáis, la embriaguez ya disminuida o desaparecida, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntad qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: ¡Es la hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como deseéis.»
Obra poética completa, de Charles Baudelaire; Akal, 2003; pg. 466 [traducción propia].

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