Devolvamos a la noche la positividad que le niega nuestra astronomía insuficiente.
Nuestra más urgente tarea es la de reconstruir el misterio del mundo.
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 511.
«Parece que en ese mundo que habitaron los griegos nada de lo que vemos y nada de lo que sentimos es irrelevante. Todo importa, todo es dios. Pero algo importa y es dios no por razones religiosas, sino por ser pura y simplemente lo que es. Decir de algo que es sacro o es dios no es sino una manera muy fina -muy refinada y perspicaz- de reconocer su enigma y su misterio, su encanto y su importancia. Gea no es importante por ser la diosa de la tierra, sino por ser la tierra misma que se pisa. La ninfa no es la diosa del árbol; es el árbol mismo que el leñador tala en el bosque. Aquiles no lucha con el dios del río, sino con el propio torrente de agua. Al decir dios de… se genera la impresión de que la cosa y el dios pertenecen a dos planos distintos que la mente primitiva no separa porque todavía piensa de forma mágica y mística. Esto no es verdad. Es verdad que nos choca muchísimo, pero lo entendamos o no lo entendamos, la tierra es diosa sin ser nada más -y nada menos- que la tierra que está bajo los pies.»
Marcas de literatura, de Aida Míguez Barciela; La Oficina, 2025; pg. 40.

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