«Pero qué hay de malo en no ser más que una masa informe como las olas o el fuego, Aristóteles. Un cuadro de Pollock no contiene a primera vista nada más que un montón de arabescos desconcertados, chorros grises y manchas negras en los que no se reconoce nada ni se ve figura alguna. Salpicaduras feas, grotescas, exabruptos que ni siquiera rechazan la forma y la armonía, sino que parecen no haberlas conocido ni olvidado nunca. Qué hay de malo en ello, Aristóteles. Tu viviente se ha desintegrado. Ni siquiera se ha descoyuntado: se ha pulverizado en un lento y penoso proceso de lixiviación. Tú replicas que está muerto, que entonces ya no hay nada. En el icono de Malévich no hay siquiera salpicaduras grises y manchas negras. Simplemente hay nada y nada se echa de menos y todo se echa de menos. Nada se echa de menos. El cuadro es una invitación urgente a fijar la mirada sobre un borrón total y una tachadura universal. Eso se nos obliga por la fuerza a ver y encuadrar, a percibir y admirar queramos o no queramos. Queremos ver con claridad eso que ni siquiera a nosotros nos resulta fácil ver. Queremos y no queremos ver el inmenso, único y definitivo borrón negro, excesivo y desvergonzado, en el que no hay nada en absoluto, ningún consuelo, ninguna esperanza o promesa, ningún sosiego por el hecho de que esto es así y aquello es de otra manera. Este insecto de seis pies y ese animal con plumas. Tu mariposa y tu mochuelo eran bellos, Aristóteles. En nuestro cuadro, la mirada vaga desamparada porque nada hay en el cuadrado negro sobre blanco excepto negro sobre blanco. Pero tenemos que amar nuestras ruinas, Aristóteles. Tenemos que elogiar este mundo que no es siquiera un mundo mutilado, pues la mutilación supone integridad, remite a la entereza perdida (a eso tú lo llamabas cosa), y no hay aquí en lo que veo y en lo que siento y en lo que toco y en lo que doy por supuesto cuando me levanto y hago planes y los pongo en práctica; no hay ahora que recuerdo y escribo esto nada con lo que contar; no hay consuelo ni memoria de consuelo, sino solo este imperativo espléndido abriéndose paso a dentelladas a través de vientos de silencio y de espesuras de incomunicación: trata de elogiar tu propio mundo devastado.»
Marcas de literatura, de Aida Míguez Barciela; La Oficina, 2025; pgs. 12-13.

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