«Ya en el patio pasé un buen rato acariciando los húmedos ladrillos de Sarátov con las palmas de las manos. Allí todo estaba como tenía que ser y aún mejor. El patio de mi bisabuelo que yo nunca había visto ni me había descrito nadie era perfectamente reconocible, no cabía duda alguna: la empalizada de tablones con los arbustos como globos dorados, las paredes desiguales en las que se intercalaban los árboles y los ladrillos y una silla desfondada o algo semejante que había junto a la tapia sin motivo alguno para mí me parecieron algo propio y se tornaron inmediatamente en algo familiar. Aquí es, parecía decirme: vente con nosotros. Había un fuerte olor a gatos, pero las plantas del jardín olían con más fuerza aún y no había nada, absolutamente nada, que llevarse de allí a modo de recuerdo. Aunque maldita la falta que hacía llevarse un recuerdo de allí: de pie bajo aquellas ventanas pude recordar, alcancé a sentir de manera harto precisa, elevada y natural, lo que habíamos sentido allí, la manera en que habíamos vivido en aquella casa y por qué nos habíamos marchado de ella. Por decirlo lisa y llanamente, el patio me estrechó en un abrazo. Y después de hollarlo diez minutos más lo abandoné haciendo un profundo esfuerzo por asimilarlo: quería llevarme un cuadro, como quien arranca un espejo de su marco, y colocarlo en los rieles de mi memoria, la memoria con la que me sentaría a trabajar, con tanta fuerza que no se escapara a ningún lado y permaneciera allí bien anclado. Y eso hice. En el viaje de vuelta, mirando por la ventanilla del tren, seguí con la vista las refulgentes acequias, como zanjas que corrían a lo largo del camino, y durante un instante pude ver también un pequeño remolino de polvo que giraba sobre sí mismo en un cruce de caminos desierto.
Una semana más tarde recibí una llamada de mi colega de Sarátov. Apenado, me confesó que había confundido la dirección. Era la misma calle, sí, pero el número era otro. No sabes la vergüenza que siento, Masha, se disculpó conmigo.
Y eso es más o menos todo lo que sé de la memoria.»
En memoria de la memoria, de María Stepánova; Acantilado, 2022; pgs. 49-50.

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