HAY QUE DESAPARECER

And in his own weak person, if he can
must suffer dully all the wrongs of Man.

Versos finales del poema The Novelist, de W. H. Auden.

Hay que desaparecer.

Para que todos esos otros sean personas verdaderas, hay que desaparecer.
Hacerse hueco en el que quepan todas las psicologías, lógica distinta en la que se defiendan todas las tesis, acontecimientos donde tengan causa y razón de ser todas las formas de vida.

Hay que desaparecer.
Ser nada para ser todos. Comprenderlos a todos. Discutir con todos. Amarlos a todos. Maltratarlos a todos. No dejar ni uno vivo, si fuere menester.

Hay que desaparecer.
A toda costa.
No ser yo, sino teatro.
No ser individuo, sino mundo.
No ser este presente inconcluso,
sino trenzas de pasados y futuros tejiéndose como hélices desoxirribonucleicas,
como versos de un cantar de ciego,
como voces de una fuga.

Hay que desaparecer y ser lo que uno ya es: narración.
Pero ajena. Exterior. Posesiva.
Invadiéndome. Negándome. Multiplicándome.

Haciéndome pleno en la explosión de mi yo.

Hay que matarse para dar vida.
Hay que desaparecer.

Y transformarse en hojas de papel, en pantallas electrónicas, en algo compartible en internet.

Hay que morir y ser.

Hay que desaparecer.

[Entrada publicada en La Bastida Errante el lunes 19 de agosto de 2024.]

Lavabo y espejo, de Antonio López (1967).

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