«…y alguien con un cuaderno de notas informó médicamente a la oradora de que el feto había sido involuntariamente intoxicado hasta morir en algún momento del proceso de convertirse en bebé; y la madre, tras una dolorosa operación de dilatación y curetaje para extirpar la placenta que aún llevaba dentro, se pasó los siguientes cuatro meses internada en una sala del Metropolitan State Hospital en Waltham, Massachusetts, psicótica debido a la Negación, al síndrome de abstinencia de la cocaína y a un lacerante odio contra sí misma, y cuando le dieron el alta del Met State con su primer cheque de la Seguridad Social por desarreglos mentales, descubrió que no le apetecían ni las piedras ni los polvos, solo quería botellas altas y delgadas con la palabra Proof impresa, y bebió y bebió y creyó de todo corazón que jamás se detendría ni tragaría la verdad, pero finalmente llegó donde tenía que llegar, dice, y se tragó la verdad responsable; se bebió todo el camino hasta la vieja doble opción en el borde mismo de una ventana de una pensión para indigentes e hizo una balbuceante llamada telefónica a las 02.00 h., y, por tanto, aquí está disculpándose por hablar tanto, tratando de decir la verdad que un día espera aceptar en su interior. Solo para poder intentar vivir. Cuando termina pidiendo que recen por ella, casi ni siquiera parece cursi. Gately trata de no pensar. Aquí no hay Causa ni Excusa. Es simplemente lo que sucedió. La última oradora es auténticamente nueva, está preparada: ha quemado todas las defensas. De piel suave y con un tono cada vez más sonrosado, en el estrado, con los ojos fruncidos, tiene el aspecto de ser ella el bebé. Los anfitriones Bandera Blanca dan a esta quemadora pública de su tragedia el máximo homenaje que pueden ofrecer los A[lcohólicos]A[nónimos] de Boston: mientras la observan y la escuchan, deben recordar conscientemente que tienen que parpadear. Hay Identificación sin el menor esfuerzo. No hay juicio. Está claro que ella ya ha sido suficientemente castigada. Y después de todo, Allí Fuera las cosas funcionan siempre básicamente igual. Y ha sido tan positivo escucharla, tan positivo que hasta los peores, como Pequeño Ewell y Kate Gompert, la escucharon sin parpadear, no solo mirando el rostro de la oradora, sino también mirando dentro de ella, lo cual ha ayudado a que Gately recuerde una vez más qué aventura tan trágica es esta, una aventura a la que ninguno de ellos se habría apuntado a sabiendas.»
La broma infinita, de David Foster Wallace; Random House, 2024; pg. 431.
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