«¿Y qué fue lo que averiguaste?
Carleen tenía mucha información. El violín más antiguo que se conoce es un Amati supuestamente de 1564 que se encuentra en el Ashmolean de Oxford. El instrumento más antiguo de los que estudiamos era de 1580 y el más reciente probablemente uno alemán de la década de 1960. Eran idénticos, salvo en la inclinación del mástil. Lo demás no había cambiado nada.
Es sorprendente.
Y lo es más aún el hecho de que no existe un prototipo del violín. El instrumento surge tal cual en toda su perfección.
¿Y qué deduces tú de todo esto? Si me lo cuentas es por alguna razón.
Solo es un misterio más que añadir a la lista. No se puede explicar a Leonardo. Ni a Newton, ni a Shakespeare. La lista es larguísima. Bueno, tampoco tanto. Pero al menos conocemos sus nombres. Pero a no ser que uno esté dispuesto a admitir que el violín lo inventó Dios, hay alguien cuyo nombre no se sabrá nunca. Un hombre de corta estatura que se adentró con su hijo en los atrofiados bosques de la pequeña era glacial del siglo quince italiano y serró y cortó los arces y puso los bloques a secar durante siete años y una mañana, a la luz sesgada que entraba en su taller, pronunció una breve oración de gracias a su creador y luego, conociendo esta cosa perfecta, cogió sus herramientas y se puso a construir. Diciendo ahora sí que empezamos.
Lo siento. A este caballero lo llevas si duda en el corazón.
Lo siento. Sin duda. Ahí lo llevo. Se acabó el tiempo.»
Stella Maris, de Cormac McCarthy; Random House, 2022; pg. 551.
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