«Y te lo llevaste a casa. En el autobús.
Sí. Cuando llegué a casa me senté con él en el regazo y abrí el estuche. Nada huele como un violín de trescientos años. Pulsé las cuerdas y estaba sorprendentemente a punto. Lo saqué y me puse a afinarlo. Pensé de dónde habrían sacado el ébano los italianos. Para las clavijas. Y el diapasón, claro. Y el cordal. Saqué el arco. Era de fabricación alemana. Con bonitas incrustaciones de marfil. Lo tensé y luego simplemente me puse a tocar la Chacona de Bach. ¿En re menor? Ya no me acuerdo. Una pieza seductora y sin adornos. Bach la había compuesto para su mujer, que había muerto estando él ausente. Pero no pude tocarla hasta el final.
¿Por qué?
Porque me había puesto a llorar. Y no había forma de parar.
¿Por qué llorabas? ¿Por qué lloras?
Lo siento. Por más motivos de los que podría enumerar. Recuerdo que sequé las lágrimas que habían caído sobre la tapa de pícea del Amati y que luego dejé el violín sobre la cama y fui al cuarto de baño para remojarme la cara. Pero me eché a llorar otra vez. Me venían a la cabeza estas palabras. Qué gran obra es un hombre. No podía parar. Y recuerdo que dije: ¿Qué somos? Allí sentada en la cama sosteniendo el Amati, que era tan bello que casi no te lo podías creer. Era la cosa más bella que había visto nunca y no podía comprender cómo un objeto así podía siquiera ser real.
¿Quieres que paremos?
Sí. Lo siento.»
Stella Maris, de Cormac McCarthy; Random House, 2022; pg. 489.
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