CRITERIOS

«Hace cien años que los pueblos del Lejano Oriente comenzaron a participar intensamente en el destino de Occidente. En la época en que el emperador Meiji se resolvió a ejecutar su reforma, aún no cabía vislumbrar hasta qué punto iban a verse afectados.

El proceso continuará con un ímpetu ascendente. El hombre occidental que hoy visita China, Japón o también los pequeños reinos orientales se ve confrontado a su propio destino. Muchas cosas que en el occidental han ido formándose y ramificándose en el flujo de la historia se repiten allá lejos en forma de cataratas. En cambio ha palidecido el brillo de las imágenes que desde su infancia se cernían cual miniaturas pintadas en seda en el espíritu del hombre occidental. Este hombre ve tales imágenes en estado de debilidad o expuestas artificialmente para él, el extranjero.

Eso afecta al esplendor y miseria del viajero moderno, que atraviesa el mundo volando como si fuera un gemelo siamés: como homo faber y como homo ludens, como hombre ahistórico y planificador y como hombre amigo de las Musas, como hombre hambriento de imágenes, orgulloso unas veces de su titanismo y contristado otras por la destrucción que sigue a ese titanismo. Cuanto más recias y potentes le crezcan las alas, tanto más raramente encontrará aquello que su corazón anhela.

Cuanto más hombre de su tiempo sea, tanto menos percibirá la pérdida; la central hidroeléctrica construida en Cuanza, las torres perforadoras que trabajan en el Sáhara, la estación metereológica instalada en el Polo Sur, los trenes de alta velocidad que recorren la línea férrea de Tokkaido le ofrecen una confirmación de su propio sentimiento vital. A cualquier sitio a que se vuelva, encuentra que en todos ellos ese sentimiento es dividido – primero le mostrarán allí con orgullo lo que su propia técnica y su propia ciencia son capaces de ofrecer, y sólo luego le enseñarán lo tradicional: las tumbas, las ciudades de templos, los bosques y jardines, las máscaras y las danzas populares.

Nadie es, desde luego, tan enteramente hombre de su tiempo que no perciba algo del despojo que la planificación está perpetrando tanto en las cosas intactas como en las perfectas. Se siente atribulado; el mundo ya no da respuesta desde sus profundidades.

En este aspecto el viajar encierra también un rasgo tantálico. Oímos el eco de melodías perdidas y vamos tras espejismos en un trayecto en que impera la sed. No son puras ilusiones; incluso un espejismo refleja una realidad lejana. Unas veces la buscamos en el futuro; otras, en el pasado.

En medio del enorme desgaste de las culturas, de los elementos, más aún, del Universo, vemos las imágenes y la cultura que fueron posibles en otro tiempo. Esto nos proporciona criterios, también para el aquí y el ahora. Aún sigue causándonos asombro en las florestas un viejo roble, un viejo abeto o un viejo fresno – es un robusto superviviente; ya ha sobrevivido a más de una tala y a no pocos guardas forestales. También ese árbol caerá, pero aún puede brindarnos sombra en una hora meridiana – y más que sombra: confianza.»

Escrito por Ernst Jünger en agosto de 1965, tras su estancia en Japón; en Pasados los setenta I. Diarios (1965-1970); Tusquets, 2006; pgs. 133-134.

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