Leyendo las bellas páginas que Jünger dedicó a su estancia en Japón en 1965, me encuentro con esta reflexión:
En todos los sitios donde aún se baila, la Tierra es amistosa y es menor el peligro de que comience a hablar por sí misma, a manifestar su voluntad. *
Y entonces me asalta un recuerdo.
Hace casi un cuarto de siglo, rondando yo los veinticinco años, militante de las juventudes del Bloque Nacionalista Galego. Santiago de Compostela, probablemente la fiesta posterior al Mitin das Arengas, la cita previa al Día da Patria gallego.
La organización ha alquilado una discoteca de la ciudad para que nos reunamos a festejar los jóvenes camaradas.
Y en ello estamos, cuando de repente empieza a sonar una muiñeira por los altavoces del local. Qué apropiado y patriótico, claro.
Y entonces ocurrió. Salió al centro de la pista un compañero, vestido con la típica indumentaria alternativo-izquierdista de entre-milenios. Enseguida se le unió una compañera, ataviada también con los acostumbrados ropajes en aquel momento contemporáneos.
Pero sus sonrisas, mientras empezaban a girar el uno alrededor del otro: sabiendo lo que venía, gozando de la danza que ya impelía.
Mirándose con la seducción del que se sabe coordinado en el ritmo y en el alma.
Sin extraños ya trajes regionales sacados de algún museo, lejos de cualquier concurso o exhibición de ritos identitarios ancestrales.
Pura y simple alegría de vivir girando en medio de aquella moderna discoteca, entre aquellos modernos militantes políticos, haciendo volar meramente felices sus vaqueros y sus camisetas con eslóganes patrióticos.
Años y décadas han pasado. Quedaron atrás las pulsiones voluntaristas, la necesidad de redención mesiánica y melancólica a través de la identidad telúrica de lengua y paisaje.
Pero aquel par de jóvenes felices, simplemente bailando y sonriendo en una noche de julio compostelana, me sigue pareciendo uno de los recuerdos más bellos de mi vida.
* En Pasados los setenta I. Diarios (1965-1970); Tusquets, 2006; pg. 113.
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