MUY ALTO

«El sacerdote marchito lee su lección sobre Vermeer, la limpidez, la luminosidad y la luz entendida como una vestidura que se ajusta al contorno de las cosas. Muerto en 1675. Poco conocido en su época, claro, porque pintó pocas obras. Pero ahora lo conocemos bien, ¿verdad?, ejem. Los tonos amarillos azulados predominan a diferencia de, ejem, por ejemplo, Pieter de Hooch. Los alumnos llevan blazers azules. Su representación sin igual de la luz sirve como sutil glorificación de Dios. Ejem, aunque alguien puede considerar esto una blasfemia. ¿Lo ven? ¿No lo ven? Un orador notoriamente tedioso. Una inmortalidad concedida de forma implícita por parte del espectador. Ejem, ¿lo ven ustedes? La quietud hermosa y terrible de Delft, para usar la frase seminal de. La sala permanece a oscuras detrás de la hilera resplandeciente de Day. A los chicos se les permite cierta libertad de expresión personal a la hora de elegir corbata. La distribución irreal de la nitidez del enfoque convierte la pintura en lo que el cristal desearía ser en sus sueños más felices. En esa forma de proyectarse las ventanas en los interiores se han resuelto todos los conflictos, por usar las tan citadas palabras de. Todo iluminado y revelado con total nitidez, ejem, ¿lo ven ustedes? Los martes y jueves después de la comida y la recogida del correo. Resuelve los conflictos, tanto orgánicos como divinos. De la carne y del espíritu. Day oye a alguien que rasga un sobre. El espectador ve igual que ve Dios, en otras ejem. Una luz que vence al tiempo, ¿lo ven? Supera al tiempo. Alguien hace estallar un globo de chicle. Alguien se ríe en voz baja en una de las hileras del fondo. El pasillo está sumido en la penumbra. Un chico situado a la izquierda de Day deja escapar un gruñido y se hunde en un sueño profundo. El profesor está, es cierto, totalmente consumido, está en las últimas, más muerto que vivo. El chico que tiene Day al lado parece muy interesado en la parte de su muñeca que hay alrededor del reloj.

El profesor de arte es un hombre virgen de sesenta años en blanco y negro que lee con voz monótona sobre cómo las pinceladas de cierto holandés destruyen la muerte y el tiempo en Delft. Las cabezas con el pelo meticulosamente bien cortado se giran en ángulo oblicuo para ver el ángulo de las manecillas resplandecientes del reloj. La notoria eternidad de las lecciones del jesuita. El reloj está en la pared del fondo, entre dos ventanas con persianas que golpean contra el cristal con cada ráfaga de viento.

El pequeño y borroso Day ve que es el ángulo de la brisa luminosa sobre la pantalla lo que hace que brille la cara húmeda que corona la sombra iluminada del sacerdote. Lágrimas enormes y gelatinosas resplandecen sobre la lección mecanografiada del anciano. Day observa cómo una lágrima se suma a otra en la mejilla del profesor de arte. El profesor continúa leyendo sobre el uso de los tonos compuestos de cuatro colores para representar los reflejos del sol sobre el río en Delft, Holanda. Las dos gotas se funden, aceleran a medida que bajan por la mandíbula y se lanzan sobre el texto.»

Del relato Iglesia no construida por manos, de David Foster Wallace; incluido en Entrevistas breves con hombres repulsivos; Random House, 2025; pgs. 206-207.

Vista de Delft, de Johannes Vermeer (c. 1660-1661)

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