Bar de barrio, despertando al domingo.
Señor de pie en la barra, calibrando el estado del mundo desde la paz de sus rutinas, que caben perfectamente en la taza de café que se está llevando a los labios.
Parejas cincuentonas sin hijos. Amigos de visita en Madrid. Mujeres solas de mediana edad.
Matrimonios de vida de cuidado mutuo y furias compartidas, sabiéndose el uno al otro sin necesidad ya de mirarse, varias pastillas antes del colacao, otras tantas tras la barrita con tomate.
Cristianos viejos con sus familias en metamorfosis, y las familias de emigrantes, que también mutan en sus miembros más jóvenes, para convertirse en algo que aún no sabemos qué será, pero que ya no será como era.
Negocio familiar, sustituido por alguna franquicia si estuviéramos más cerca del centro. Los dueños formando parte de la historia de sus clientes desde hace décadas o desde este último minuto. Los misterios escondidos en la amabilidad de las camareras extranjeras.
Madrileños todos, cada cual con sus errancias particulares, en esta metrópolis acantilada sobre el futuro.
Desde donde contemplamos con gran variedad de sentimientos encontrados la muerte de lo derrotado, la llegada de lo pujante.
Tratando de captar lo eterno en lo que pasa.

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