«La persona deprimida se echó a llorar en su auricular y dijo que allí y ahora mismo le estaba suplicando sin tapujos a la que era en ese momento su mejor amiga y confidente en el mundo que ella (es decir, la amiga con el tumor maligno virulento en la médula adrenal) le transmitiera su opinión brutalmente sincera, que no se anduviese con tapujos, que no dijera nada destinado a proporcionar confianza, apoyo o disculpa que no creyera honestamente cierto. Le aseguró que confiaba en ella. Porque había decidido, dijo, que su propia vida, por muy llena que estuviera de angustia, desesperación y de una soledad indescriptible, dependía, en aquel punto de su viaje hacia la verdadera curación, de solicitar -incluso aunque fuera necesario dejar de lado todo su orgullo y sus defensas y ponerse a suplicar, interpoló- el juicio de ciertos miembros de confianza y muy cuidadosamente elegidos de su Sistema de Apoyo. Así pues, dijo la persona deprimida con la voz temblorosa de emoción, ahora le estaba suplicando a su amiga de más confianza que le revelara su opinión más íntima sobre la capacidad para mostrar cariño humano que existía en la ‘personalidad’ o ‘espíritu’ de la persona deprimida. Necesitaba alguna respuesta, lloriqueó la persona deprimida, incluso si aquella respuesta era parcialmente negativa, hiriente, traumática y tenía el potencial o la capacidad de sacarla de sus casillas emocionales de una vez por todas -incluso, alegó, si aquella respuesta no iba más allá del nivel fríamente intelectual o ‘mental’ de descripción verbal objetiva, se conformaría incluso con aquello, prometió, encorvada y temblando en posición cuasifetal en la silla ergonómica del cubículo de su estación de trabajo-, de modo que ahora apremió a su amiga terminalmente enferma a que siguiera adelante, a que no se callara nada, a que no se contuviera, a que se lo soltara todo: ¿qué palabras y qué términos podían aplicarse para describir y juzgar una esponja y un vacío emocional infinito tan solipsista y obsesionada consigo misma como al parecer era ella? ¿Cómo podía ella discernir o describir -incluso ante sí misma, mirando hacia dentro y enfrentándose consigo misma- lo que decía de ella todo lo que había aprendido con tanto dolor?»
Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace; Random House, 2025; pgs. 77-78.

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