«…lo digno de veneración no es el lenguaje, sino lo inexpresable. Lo que hay que venerar no son las iglesias, sino lo invisible que vive en ellas. A eso es a lo que el autor se acerca con palabras, sin alcanzarlo jamás. La meta del autor queda allende la lengua, ésta no la aprehende nunca. El autor lleva con palabras a lo silencioso. Las palabras son su herramienta y lo que hay que aguardar es que la mantenga en orden, que se ejercite en ella sin cesar. El autor no debería dejar pasar una sola sílaba de la que no estuviese contento, pero tampoco debería figurarse nunca que posee maestría. Siempre ha de estar descontento consigo mismo…»
Escrito por Ernst Jünger en Kirchhorst, el 14 de diciembre de 1944, en medio de las semanas de más intenso bombardeo que sufrió la zona de Alemania en la que vivían su familia y él; en Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948); Tusquets, 2005; pgs. 314-315.
Dos semanas antes, el 29 de noviembre, su hijo mayor Ernstel había muerto en Carrara; Jünger aún tardaría casi un mes en saberlo, el 11 de enero del año siguiente.

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