LA SUTIL METAMORFOSIS

Hoy mi hija me ha dicho que el próximo día que esté conmigo quiere que la lleve a la Dehesa de la Villa.

En un primer momento, me ha extrañado la petición. Salvo el Retiro, hasta ahora ha habido pocos lugares de la ciudad que hayan tenido entidad propia en la mente de mi hija. Todo parece ser un caótico revoltijo de imágenes en su infantil cabeza.

Así que le he preguntado por qué quería ir a la Dehesa, sin fiarme demasiado de que recordara nada en concreto del lugar.

-Porque allí hay como un monte, al que puedes subir, y tiene unas vistas muy bonitas.

Ciertamente, hay varios lugares en la Dehesa de la Villa que pueden coincidir con esa descripción. Y le he dicho que vale, que iríamos este mismo fin de semana.

Llevo pensando en esta petición de mi hija toda la tarde, desde que sucedió. Y sigo pensando en ella a esta hora de la noche. Porque hay algo que me resulta fascinante, mágico, misterioso: ese momento en que los recuerdos y las imágenes de un lugar cobran vida en el alma de un niño, hasta convertirse en entidades individuales, con existencia propia.

Y es la belleza (unas vistas muy bonitas) la que parece provocar ese pequeño milagro infantil.

Que las cosas sucedan de esta manera me resulta… alucinante.

Y me doy cuenta, con profunda alegría, de que mi hija se va convirtiendo en persona. Siendo consciente, como nunca lo había sido antes, de hasta qué punto la belleza es importante en su maduración. En la de todos nosotros.

Y le doy gracias a Dios por dejarme ser testigo, en el ser que más amo, de estas sutiles metamorfosis.

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