«A última hora de la tarde celebración de la Noche Vieja en el cuartel general. Allí volví a ver que en estos años no es posible la pura alegría de las fiestas. Así, el general Müller estuvo contando detalles de las horrorosas infamias cometidas por el servicio de seguridad tras la conquista de Kíev. También volvieron a ser mencionados los túneles de gases donde penetran trenes cargados de judíos. Son rumores y como tales los anoto; pero es seguro que están ocurriendo matanzas en gran escala. Al oír aquellas cosas pensé en la mujer del bueno del potard, el boticario de París, por la que entonces se sentía tan angustiado. Cuando uno ha echado una mirada a tales destinos singulares y luego sospecha las cifras de crímenes que están cometiéndose en las barracas de los desolladores, se le abre la perspectiva de una potenciación del sufrimiento ante la cual se le cae el alma a los pies. Entonces se apodera de mí un asco de los uniformes, de las charreteras, de las condecoraciones, de las armas, cosas todas ellas cuyo brillo he amado tanto. La vieja caballería ha muerto; quienes hoy conducen la guerra son los técnicos. Así pues, el ser humano ha alcanzado aquel nivel descrito por Dostoievski en el personaje de Raskólnikov. En ese nivel el hombre ve a sus semejantes como sabandijas. Mas justo de eso ha de guardarse si no quiere caer él mismo en la esfera de los insectos. Del ser humano y de sus víctimas vale el antiguo, tremendo dicho: Tú eres eso.»
Escrito por Ernst Jünger en Kutaísi, el 31 de diciembre de 1942; en Radiaciones I. Diarios de la segunda guerra mundial (1939-1943), Tusquets, 2005; pg. 440.
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