ENCIMA TENEMOS QUE AGUANTARLE A USTED

«Las cosas con nosotros son así, chaval. Somos los polis y le caemos mal a todo el mundo. Y por si no tuviéramos suficientes problemas, tenemos que aguantarle a usted. Como si no nos hubieran puteado bastante los tíos de la oficina del forense, la mafia del Ayuntamiento, el comisario de día y el comisario de noche, la Cámara de Comercio y Su Excelencia el alcalde, con su despacho revestido de madera, cuatro veces más grande que las tres asquerosas habitaciones en las que tiene que trabajar todo el personal de la Brigada de Homicidios. Como si no hubiéramos tenido que ocuparnos de ciento catorce asesinatos el año pasado, en tres habitaciones que no tienen las suficientes sillas para que los agentes de servicio puedan sentarse todos a la vez. Nos pasamos la vida revolviendo trapos sucios y oliendo dientes podridos. Subimos por escaleras oscuras para detener a pistoleros de mierda con el cuerpo repleto de droga, y a veces no llegamos arriba, y nuestras mujeres nos esperan para cenar esa noche y todas las noches… pero nosotros ya no volvemos a casa. Y las noches en que podemos volver, llegamos a casa tan hechos polvo que no podemos ni comer ni dormir, ni siquiera leer las mentiras que los periódicos cuentan de nosotros. Así que nos quedamos despiertos, tumbados en la oscuridad, en una casa sórdida, en un barrio sórdido, escuchando cómo se divierten los borrachos en la esquina. Y justo en el momento en que empezamos a quedarnos dormidos, suena el teléfono y hay que levantarse y empezar de nuevo. Nada de lo que hacemos está bien hecho, nunca jamás. Ni una sola vez. Si obtenemos una confesión, dicen que es porque se la hemos sacado a golpes, y nunca falta un picapleitos que nos llama Gestapo en el juzgado y se burla de nosotros si cometemos un fallo gramatical. Al primer error, nos ponen otra vez de uniforme, a patrullar por los barrios bajos, y nos pasamos las agradables noches de verano recogiendo borrachos del arroyo, siendo insultados por las putas y requisando navajas a chulitos vestidos de figurines. Pero todo esto no basta para hacernos del todo felices. Encima tenemos que aguantarle a usted.»

La hermana pequeña, de Raymond Chandler; Alianza, 2001; pgs. 229-230.

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