PERO SE OBSERVABAN DESDE LEJOS

«Mientras él estuvo vivo, ella sufrió. Yo nunca hubiera dicho que se pueda sufrir incesantemente y durante tanto tiempo. Cuando él murió, ella fue feliz. Milagrosamente, por decirlo así, el sufrimiento se fue cuando la presencia del cuerpo del hombre al que amaba también se fue. En cualquier caso, su sufrimiento cesó al transformarse en luto. Fue casi maravilloso verla triste, simplemente triste, después de tantos años sufriendo. El cuerpo es algo increíblemente sólido. Ella parecía feliz de seguir queriéndole más allá de la muerte. Ya no se veían en el sentido de encontrarse, de hablarse, de tocarse, de besarse, de abrazarse. Pero se observaban desde lejos. Ella ya no tenía que disimular para procurar verle en la esquina del escaparate de la farmacia, frente a sus ventanas, esperando que las lámparas del despacho y del almacén se apagasen. Ni sentarse en la cornisa sobre la casa de Saint-Lunaire adonde él volvía cada noche, directamente por mar, con la nueva lancha de motor. Simon, cuando volvió a ser fiel, buen padre, buen marido, buen alcalde, buen farmacéutico, salía mucho a navegar, a pescar, a dar paseos por el mar. Repintó el casco de su vieja barca. Cada mañana, llegaba por mar para abrir la farmacia, y luego iba a Saint-Malo a recoger algún encargo de la víspera. Cada tarde regresaba por el canal. Pero desde el mar, también la miraba a ella, caminando por las rocas. Él también la veía errar y observarle. Él también la seguía con la mirada, hora tras hora, durante todo el día. Ella le veía igual, abajo, en el mar, añorándola, fingiendo pescar, dando vueltas, mirándola, pensando en ella, amándola y no queriéndola.»

Las solidaridades misteriosas, de Pascal Quignard; Galaxia Gutenberg, 2012; pgs. 111-112.

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