UN AUTÉNTICO NOBLE

Cuando oímos los acordes finales de un himno nacional, sabemos con certeza que alguien acaba de decir tonterías.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 483.

«En el pueblo de Lopatyny, pues, vivía el conde Franz Xaver Morstin, descendiente de una familia polaca de rancio abolengo; una familia que (dicho sea de paso) procedía de Italia y había llegado a Polonia en el siglo XVI. El conde Morstin, de joven, había servido en el cuerpo de dragones. No se consideraba ni polaco ni italiano, ni tampoco un aristócrata polaco ni un aristócrata de origen italiano. No, él, como tantos otros caballeros de su clase en los antiguos países de la corona austro-húngara, era uno de los más nobles y puros tipos del austríaco sin más, es decir: un hombre por encima de las nacionalidades y, por consiguiente, un auténtico noble. De haberle preguntado, por ejemplo – pero, ¿a quién se le habría ocurrido una pregunta tan absurda?-, a qué nación o a qué pueblo sentía que pertenecía, el conde se habría quedado mirando al artífice de tal pregunta sin apenas comprender, perplejo y, probablemente, aburrido y un tanto indignado. ¿En qué hubiera podido basarse para determinar su pertenencia a esta o a aquella nación? Hablaba igual de bien prácticamente todas las lenguas europeas, se sentía en casa en la mayoría de los países europeos, sus amigos y parientes vivían dispersos por el ancho y variopinto mundo. Una reproducción en pequeño de este variopinto mundo era, en efecto, la monarquía real e imperial, y por eso era la única patria del conde. Uno de sus cuñados era jefe de distrito en Sarajevo; otro, consejero en la administración municipal de Praga; uno de sus hermanos servía como teniente de artillería en Bosnia; uno de sus primos era consejero de la embajada en París; otro, terrateniente en Banat, en Hungría; un tercero ocupaba un cargo diplomático en Italia; un cuarto vivía desde hacía años en Pekín, por pura pasión por el Lejano Oriente.»

El busto del Emperador, de Joseph Roth; Acantilado, 2003; pgs. 6-7.

Detalle del Friso de Beethoven, de Gustav Klimt (1902).

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