NO HAY QUE ATARSE LAS MANOS

«-Vas a tener muchas contrariedades en la vida… -dijo Esteban Arkadievich, incorporándose, después de haber encontrado la gorra.

-¿Por qué?

-¿Crees que no he notado los términos en que estás con tu mujer? Me parece haber oído que entre vosotros es importantísima la cuestión de si te vas dos días de caza o no… Eso en la luna de miel está bien, pero para toda la vida sería insoportable. El hombre tiene sus propios intereses como tal y debe ser independiente. El hombre ha de ser enérgico -concluyó, abriendo las puertas del pajar.

-¿Quieres decir con eso que debo cortejar a las criadas? -preguntó Levin.

-¿Por qué no, si es divertido? Ça ne tire pas à conséquence… A mi mujer eso no le perjudica y a mí me divierte. Lo importante es que se guarde respeto a la casa, que en ella no suceda nada. Pero no hay que atarse las manos.

-Acaso aciertes… -repuso secamente Levin, volviéndose del otro lado-. Bueno: mañana hay que levantarse temprano. Yo no despertaré a ninguno. Al amanecer, saldré a cazar.»

Ana Karenina, de Lev Tolstói; Austral, 2000; pg. 749.

Hunter, de Andrew Wyeth (1943).

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