ADIVINA QUIÉN VIENE A BEBER ESTA NOCHE

…los vi felices, llenos de dolor…

La taberna queda cerca de Santa María Magdalena.
Pues no hay que beber lejos de Dios (con mayor razón, siendo Dios ruso, en este caso).

Mi cita no puede tardar: lleva conmigo ya mucho tiempo.
Tampoco vengo con la idea de emborracharme: pienso prestar especial atención a lo que tiene que decirme.
Todas esas verdades que conozco perfectamente, pero que esta noche necesito que me tatúen en las niñas de los ojos y en la punta de la lengua.

Por ejemplo: que lo más probable es que ya no llegue a saber qué era ella en realidad.
Qué podía llegar a ser.
Y no porque hayamos bebido el cáliz hasta las heces, no (y esto es lo que realmente me mata).

Pues sólo hemos podido vislumbrar, en las habitaciones del fondo, escenas que producían extrema curiosidad.
Pero ni siquiera llegamos a jugar al escondite por los pasillos: el viento siempre se enredaba ya en el vestíbulo.

Y sé que en ello va a insistir mi cita, que es todo sinceridad y realismo (como a mí me gusta, por otra lado; por eso lo considero un buen, aunque áspero -y a veces cruel-, amigo).

Asentiré a todo lo que diga, porque sé que tiene razón.
Y le prometeré que voy a caminar por las calles de ambos,
por los recuerdos comunes que construimos tumbados mirando al cielo entre las ramas,
para acostumbrarme cuanto antes a esta garganta estrujada y a estas ganas de llorar cada vez que repito
en soledad
uno de nuestros paseos.

Porque las mujeres Bastida no criaron a un hombre que huyese del dolor
esta noche he quedado a tomar algo con él
en una taberna
cerquita de Dios.

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