«En el desayuno me ha preguntado el camarero, poniendo una cara muy expresiva, si había oído los noticiarios. Según ellos hemos entrado en Polonia. A lo largo del día, mientras iba de un lado a otro para resolver mis asuntos, he ido enterándome de las demás novedades, que confirmaban el estallido de la guerra, también con Francia e Inglaterra. Por la noche breves comunicados, órdenes, oscurecimiento de la ciudad.
A las diez he acudido a pie al puente del castillo, para una cita que allí tenía. La vieja ciudad del páramo se hallaba en tinieblas y los seres humanos se movían cual fantasmas con un mínimo de luz. Bañado en un pálido resplandor azul, el castillo se alzaba como si fuese el viejo palacio de una ciudad de fábula. Montadas en sus bicicletas, las personas se deslizaban en la oscuridad como danzarines ingrávidos. Y de vez en cuando subía, del foso que rodea el parque del castillo, el chasquido causado por una pesada carpa. También a nosotros nos lanza a veces el placer, igual que les ocurre a esos animales, a un elemento extraño, más ligero.
Pasando junto a un banco en el que estaban sentadas dos viejas señoras he oído decir a una de ellas:
-Has de pensar que todo esto es también cosa de la Providencia.
Luego en el café. Uno penetra en la luz, en la música, en el tintineo de los vasos como si penetrara en fiestas secretas y en cuevas de duendes. A ello se agregan luego, una vez más, las voces de la radio, que anuncian bombardeos y lanzan amenazas contra los seres humanos.»
Escrito en Celle, el 1 de septiembre de 1939; en Radiaciones I. Diarios de la segunda guerra mundial (1939-1943), de Ernst Jünger; Tusquets, 2005; pgs. 63-64.

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