«-…Empezaron con ese motivo entre nosotros ciertas relaciones, diálogos secretos, lecciones de moral, amonestaciones, ruegos y hasta lágrimas…; ¡créalo usted: hasta lágrimas! ¡Vea usted hasta dónde conduce a algunas jóvenes la pasión por la catequesis! Yo, claro, le eché la culpa de todo a mi destino; me pinté como un hombre ávido de luz, eché mano del medio más poderoso e infalible para apoderarse del corazón de una mujer, un medio que nunca falla y que en todas ellas, desde la primera a la última, sin excepción, surte su efecto. Ese medio, como nadie ignora, es la lisonja. No hay en el mundo cosa más difícil que la sinceridad, ni más fácil que la lisonja. Si a la sinceridad viene a mezclarse la más pequeña nota falsa, surge inmediatamente la disonancia, y, tras ella, el escándalo. Mientras que la adulación, aunque hasta la última nota sea falsa, resulta simpática y se oye con satisfacción: con satisfacción grosera, sí; pero con satisfacción. Y por burda que la lisonja sea, la mitad, cuando menos, parece verdad. Y esto para todos los grados de cultura y jerarquía social. A una vestal misma se la seduciría con lisonja. Y no hay que hablar de las personas vulgares. No puedo menos de sonreírme cuando recuerdo cómo una vez hube de seducir a una mujer casada, con hijos y virtudes, que, además, quería mucho a su marido. ¡Qué divertido fue aquello y qué poco trabajo me costó! Pero la señora, efectivamente, era virtuosa hasta lo último a su modo. Toda mi táctica se redujo a mostrarme siempre como apabullado por su castidad y lleno de adoración ante ella. Yo la adulaba de una manera descarada, y apenas había conseguido nada más que cogerle la mano, una mirada, ya estaba recriminándome por haber conseguido aquello a la fuerza; porque ella no lo quería; hasta tal punto no lo quería, que yo, probablemente, nada habría alcanzado nunca de no haber sido tan vicioso; que ella, en su inocencia, no presentía siquiera el mal y se entregaba inconscientemente, sin saber, sin sospechar, etcétera, etcétera. En una palabra: que lo conseguí de ella todo, y mi buena señora estaba tan convencida de que era inocente y pudorosa y que cumplía con todos sus deberes y obligaciones y que había caído de modo inesperado. ¡Y cómo se enfadó conmigo cuando, al final de los finales, hube de exponerle con toda sinceridad que estaba plenamente convencido de que ella, en todo aquello, había ido buscando el placer no menos que yo!…»
Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski; Austral, 2024; pgs. 666-667.

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