Mientras sobreviva el soldado, el total envilecimiento se dificulta.
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 594.
«Saltamos por encima de pozos de tiradores y de tramos de trinchera excavados a la ligera. En el preciso momento en que estaba saltando por encima de una trinchera un poco mejor construida, me lanzó por los aires, como un ave de caza, un golpe incisivo que noté en el pecho. Di un sonoro grito, con cuyo chillido pareció escapárseme el aire de la Vida, giré en redondo y caí al suelo con estrépito.
Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. Delante de Mory, en la carretera, había notado ya la mano de la Muerte – esta vez me aferraba más fuerte, más nítidamente. Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría. Luego oí cómo el fuego se debilitaba; parecía que me hundiese como una piedra bajo la superficie de un oleaje furioso. Allí no había ya ni guerra ni enemistad.»
Tempestades de acero, de Ernst Jünger; Tusquets, 2024; pg. 299.

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