La sensualidad es la pulpa del objeto sensible. Sensualidad es el espesor opaco y tibio del objeto, la penumbra que se exalta en plenitud. Sensualidad es el color que se adensa detrás de su clara transparencia, de la forma que satura la interna multiplicación de su volumen. Sensualidad es la significación colmada, la presencia suficiente. Sensualidad es la dureza de la piedra, en la piedra; la fragancia de la flor, en la flor; la ascensión de la llama, en la llama. Sensualidad es el ser redimido de servidumbres y de fines; el ser como finalidad interna de sí mismo, plasmada en su compacta autonomía. Sensualidad es la persona cuyo solo ser nos basta. Sensual es la apropiación que no viola la integridad del objeto; el acto para el cual florece la más desnuda carne como una exaltación cristalina.
El valor estético es la evidencia de un ser-así irrefutable. El valor estético es verdad de una naturaleza, límpida adhesión a una esencia. Verdad no es aprehensión de objetos, ni contemplación de ideas, ni coherencia entre principios, sino posesión de un universal concreto. Verdad es el acto que alcanza, en la materia del objeto, la inexhausta plenitud del ser. La verdad es belleza, evidencia donde el objeto se consume en su inmovilidad de esencia.»
Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 100.

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