UNA CUESTIÓN DE ARITMÉTICA

«-Permíteme que te haga una pregunta en serio -dijo, con alguna exaltación, el estudiante-. Yo, naturalmente, hace un momento, hablaba en broma; pero mira; de un lado, una vieja estúpida, imbécil, inútil, mala, enferma, que a nadie le sirve de provecho, sino que, por el contrario, a todos perjudica; que ella misma no sabe para qué vive y que mañana acabará por morirse ella sola… ¿Comprendes? ¿Comprendes?

-Sí, comprendo -respondió el oficial mirando atentamente a su acalorado compañero.

-Pues sigue escuchando. De otro lado, energías juveniles, frescas, que se rinden en vano, sin apoyo, y esto a miles, y esto en todas partes. Mil obras e iniciativas buenas que se podrían hacer y perfeccionar con los dineros que esa vieja lega al monasterio. Cientos, miles quizá de existencias acarreadas por el buen camino; decenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, de la corrupción, de los hospitales venéreos… Y todo eso, con sus dineros. Mátala, quítale esos dineros; para con ellos consagrarte después al servicio de la Humanidad toda y al bien general. ¿Qué te parece? ¿No quedaría borrado un solo crimen, insignificante, con millares de buenas acciones?… ¡Por una vida…, mil vidas salvadas de la miseria y la ruina! Una muerte, y cien vidas, en cambio… Es una cuestión de aritmética. ¿Ni qué pesa tampoco en las balanzas comunes de la vida esa viejuca tísica, estúpida y mala? No más que la vida de un piojo, de una cucaracha, y puede que aún menos, puesto que se trata de una vieja dañina.»

Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski; Austral, 2024; pg. 116.

Retrato de Vsévolod Garshin, de Iliá Repin (1884)

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