Hoy hierve el océano, ahí abajo.
La brisa seca el sudor.
Y al otro lado,
en un continente aún por contemplar,
una nueva sonrisa torcida de Dios augura toda clase de placeres y dolores.
No me sujeto a la roca, ni al mástil,
porque ya estoy allí,
bailando como el esclavo sacrificable de un rito de primavera.
El borde, tan bello siempre:
observad cómo ha escrito ya tantas veces sobre mi cuerpo
con sus pinceles de piedra y sal.
Qué hermosa literatura, mi piel cicatrizada.
¿Quién se atreve a desdeñar las gracias de Dios?
Pero si esto es lo que amenaza y promete,
yo ruego poder ser -por fin- como el ágape,
que no falla nunca.
Jurar lealtad a este regalo: paciencia y servicio, nada más.
Y si dices que morar en el alma de otro te salva,
no dudes:
salvada estás.
[Publicado en La Bastida Errante el martes 11 de julio de 2023, a las 9 de la noche]

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