LAS RAÍCES QUE TE SOSTIENEN

Los tiempos delirantes de esta complicidad:
hace justo una semana
tras las insuficientes alegrías vividas por las calles de mi ciudad
volvías en tren aguantando las ganas de llorar un llanto estéril delante de tu jefe
y hoy ya no nos dirigimos la palabra.

Supongo que ya te habrás puesto a buscarte, tras reconocerle al hombre de tu vida que has regresado desubicada al hogar común.
Ese hogar en el que construirás algo sano y verdadero, donde el amor se define, sobre todo, por las ausencias y soledades que permite.

Ante tal definición
yo me declaro jovialmente enfermo
por las mentiras que un millón de poetas han cantado sobre el amor desde hace milenios:
que la ausencia es una tortura y la distancia un castigo.

Esos mismos poetas que tú no te cansas de citar, buscando la raíz de tu ser y de tu sentimiento.

Esos mismos poemas que tú me has necesitado escribir.

¿No era relevante tu situación entonces
cuando amabas la rabia impotente de un goce contenido?
¿Cuando te obligabas a transformar lágrimas en frutos prohibidos?

Porque en tu poesía
la que realmente escribes cuando eres vulnerable y débil
la que te desborda e impulsa cuando amenaza la máxima tristeza
los espacios y las ausencias no definen ninguna sana verdad
sino que arrancan las raíces que te sostienen.

Y aquí me quedo yo
solo, doliente y mendaz
dejando que el viento me desordene el alma
cuidando del minúsculo brote que hace una semana afloró
entre las piedras de nuestro acantilado.

Deja un comentario


Descubre más desde EL SOSIEGO ACANTILADO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.